225 aniversario Seminario Monterrey / Basílica Nuestra Señora del Roble / 18 de diciembre del 2017
Estimadas hermanas y hermanos, todos muy devotos de la santísima Virgen María en su advocación del Roble. Hermanas religiosas, estimados seminaristas, hermanos sacerdotes, hermanos obispos.
Este año tiene un significado especial esta solemnidad. Nuestro Seminario está cumpliendo 225 años de su fundación. Un 19 de diciembre de 1792 inició esta institución, la más preciada, la más importante de nuestra diócesis.
Me da gusto celebrar en esta fiesta de nuestra Señora del Roble este aniversario del Seminario. Porque la historia del Seminario es también la historia de nuestra Iglesia de Monterrey. La Iglesia también se siente acompañada por la santísima Virgen del Roble. Son tres historias que caminan juntas: nuestra Iglesia diocesana, el Seminario y el amparo de la Virgen del Roble.
Estamos muy contentos por esta celebración, y en este ambiente festivo les entregamos la sotana a estos veinticuatro seminaristas. Veinticuatro que reciben la sotana con la conciencia de vivir intensamente el tiempo de formación y de hacer cuidadosamente un discernimiento para descubrir cuál es la voluntad de Dios para sus vidas. Por lo pronto, pedimos al Señor que la intención que hoy manifiestan puedan perseverar hasta el final.
En tiempo de adviento celebramos a nuestra señora del Roble. Lo cual nos obliga a ver este misterio de la familia de Nazaret: San José la Virgen María y el Niño a punto de nacer.
Este misterio tan insondable, el misterio del Hijo de Dios hecho hombre, con todo lo que eso significa: el abajamiento, el hacerse pequeño, el ser el “Emmanuel”, el “Dios-con-nosotros”, el manifestar su modo de ser al estilo humano, misericordioso, capaz de compadecerse de la gente.
Porque solo en la cercanía uno puede sentir lo que otro siente. Compadecer significa padecer junto con otro. Así lo dijo el autor de la carta a los Hebreos: es compasivo y misericordioso, siempre fiel (cfr. Heb 2, 17). Él es nuestro modelo en la vida sacerdotal.
El Seminario trata, a lo largo de los años, de ponernos la impronta de Jesús. Porque el día de nuestra ordenación sacerdotal nos convertimos, por gracia de Dios, en otro Cristo.
Por supuesto, sin merecerlo. Pero, por pura bondad suya, el ese día quedamos totalmente identificados con Cristo, que somos su sacramento, somos “otro Cristo” en la comunidad cristiana.
Estimados seminaristas, este es el objetivo del Seminario: ir conformándose poco a poco a Cristo. Hoy les dimos a ustedes la sotana. Por supuesto, como dice un dicho mexicano, “el hábito no hace al monje”. Sin embargo, hay señales y signos que nos ponen frente a la verdad de lo que queremos ser y de lo que somos.
El llevar un uniforme es siempre una responsabilidad, porque, quienes nos ven, quieren descubrir en nosotros este buen propósito que tenemos. Quienes los ven a ustedes con la sotana y a los sacerdotes con alzacuello, quieren percibir que, eso parecemos, realmente lo somos.
Cristo quiso parecerse en todo a nosotros. Pero una cualidad es la que más destaca: el Emmanuel, el Dios con nosotros, el Salvador del mundo, el que es misericordioso, que es capaz de compadecerse.
Toda la historia de la vida del Seminario tiene que ser este aprendizaje de la cercanía con los demás, esta sensibilidad al dolor humano y al sufrimiento, que uno también experimenta de modo personal como Jesús. Dice, “él se compadeció porque experimentó todo, menos en el pecado” (cfr. Heb 4, 15).
En este tiempo de adviento, contemplamos este misterio de la Encarnación. Pero, también queremos ver a la Virgen María. En la primera lectura, nos dice que “es Madre del amor, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza” (cfr. Eclo 24, 18).
Eso lo aprendemos también de Ella. Ella también regala estos dones que, a su vez, recibió: El amor, el temor, el conocimiento y la santa esperanza. Ella es la Madre del amor, es la Madre de Cristo.
Es Madre del temor, el temor a ofender a Dios, el temor a no cumplir su santa ley que, ustedes y yo, estamos obligados a vivir.
Un sacerdote, un seminarista, que no cumple la ley de Dios contradice totalmente el proyecto divino. Ella es Madre del temor. Es decir, nos ayuda, filialmente, a amar a Dios, a temer a ofenderlo, a procurar hacer siempre lo que está de nuestra parte.
Ella es Madre del conocimiento. Hoy la lectura de la carta a los Hebreos nos habló de la Palabra (Heb 4, 12ss). Esta Palabra que cala en lo más profundo de nuestras vidas. La Palabra que nos da el conocimiento de Dios, el conocimiento de Jesucristo.
Por eso, en el Seminario, desde que iniciamos hasta terminar, siempre estamos de frente a la Palabra, a las Escrituras, al Evangelio. Porque el conocimiento de Dios viene de Dios mismo.
La Virgen María es el modelo de la escucha de la Palabra, como dice el evangelista san Lucas, “escuchaba y lo guardaba en su corazón” (Lc 2, 19). Es el conocimiento que tenía ella de Dios y de su proyecto.
También es Madre de la esperanza, esa virtud que le tenemos que pedir al Señor. Esperar contra toda esperanza; esperar que nos da la alegría de vivir. El que no tiene esperanza, está amargado. El que no tiene esperanza no mira más lejos. El que tiene esperanza sabe que, después de esta vida, está el Reino de Dios, está el Cielo.
Así miramos a la Virgen María, nuestra Señora del Roble, Madre del amor, Madre del temor, Madre del conocimiento y Madre de la santa esperanza.
Pero no podemos dejar de pensar en San José. Hoy en el Evangelio él parece ser el protagonista, porque es el relato de su vocación, la vocación de ser padre, la vocación de ser esposo de María. Fíjense bien cómo transcurre todo, en sueños. Es decir, más allá de lo que la razón puede dar.
Si él hubiera dado demasiada velocidad a sus razonamientos, probablemente, no hubiera hecho caso de la voluntad de Dios. Pero, en sueños, permitió que Dios le hablara. Más allá de su razón, más allá de sus proyectos, así como uno duerme, sin ser dueño de sus ideas ni de sus acciones.
Él, después de un sueño, toma una decisión, acepta a la Virgen María sin decir nada, porque sabe que es la voluntad de Dios.
Hermanas y hermanos, muy contentos de celebrar a nuestra señora del Roble, nuestra Patrona. Pero también muy contentos de celebrar el aniversario de nuestro Seminario.
Vamos a procurar siempre mantener unidos estos tres elementos importantes: Seminario, diócesis y nuestra señora del Roble, para que, todos, caminemos con María el encuentro de nuestro Señor Jesucristo. Nuestro Seminario lo merece todo y haremos siempre lo que está de nuestra parte para responder a las inquietudes formativas que la Iglesia nos va proponiendo.
El Seminario de Monterrey está siempre en la búsqueda y el deseo de hacer lo que la Iglesia Católica nos pide en la formación de los sacerdotes, siempre con mucho esmero, con mucho discernimiento y, desde luego, queriendo hacer, en todo, la voluntad de Dios.
Les pido que encomienden siempre a nuestro Seminario que es nuestro semillero donde forman a nuestros sacerdotes que sirven a esta Iglesia de Monterrey. El Seminario es la institución más importante y privilegiada por la cual tenemos que orar, la debemos siempre estimar.
Que Dios nos ayude al equipo formador, a los obispos auxiliares y un servidor para poner todo el entusiasmo, toda nuestra inteligencia y todo el corazón en la formación de los seminaristas.