Con una Basílica llena de fieles, seminaristas, diáconos, sacerdotes y autoridades eclesiales, la Arquidiócesis de Monterrey celebró el 62 aniversario de la Coronación Pontificia de Nuestra Señora del Roble, una de las devociones marianas más queridas y arraigadas en la historia de la Iglesia regiomontana.
La Eucaristía fue presidida por el arzobispo de Monterrey, Mons. Rogelio Cabrera López, quien expresó su alegría al contemplar la gran participación de los fieles que acudieron a rendir homenaje a la Madre de Dios. En su mensaje agradeció la presencia del Seminario de Monterrey, de los diáconos, sacerdotes y obispos auxiliares, destacando que esta celebración es una manifestación viva del amor del pueblo de Dios hacia la Virgen María bajo la advocación de Nuestra Señora del Roble.
Providencialmente, este aniversario coincidió con la Solemnidad de la Santísima Trinidad, circunstancia que permitió al arzobispo profundizar en la relación entre la Virgen María y el misterio central de la fe cristiana. Explicó que honrar a María no disminuye la gloria debida a Dios, sino que la hace resplandecer aún más, pues en ella se contempla la obra maravillosa realizada por el Señor.
“María es la obra de arte de Dios”, expresó el prelado, al recordar que fue preservada del pecado y elegida para ser la Madre de Jesucristo. Sin dejar de ser criatura, recibió una misión única en la historia de la salvación, que la acerca de manera especial al misterio divino.
Durante su reflexión, Mons. Cabrera invitó a los presentes a contemplar el amor de Dios revelado plenamente en Jesucristo. Recordó que, desde el Antiguo Testamento, Dios fue mostrando gradualmente quién es Él: un Dios paciente, misericordioso y clemente. Sin embargo, fue Cristo quien realizó la revelación definitiva del Padre.
“Jesús es la narración divina de quién es Dios”, señaló el arzobispo, retomando las palabras del Evangelio de San Juan. Más que ofrecer una definición, Cristo mostró con su vida, muerte y resurrección el verdadero rostro del amor divino.
Asimismo, explicó que el saludo litúrgico que los fieles escuchan en cada misa resume el misterio de la Santísima Trinidad: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo”. Estas tres expresiones revelan distintos aspectos del único amor de Dios: la gratuidad de Cristo, el amor creador del Padre y la unidad que el Espíritu Santo construye entre los creyentes.
El arzobispo destacó que el Espíritu Santo es quien fortalece los vínculos de comunión dentro de la Iglesia y reúne a los hijos de Dios como una sola familia. Por ello, señaló, la presencia de tantos fieles en la Basílica es también una manifestación de la acción del Espíritu que convoca y une.
Al dirigir su mirada a Nuestra Señora del Roble, Mons. Cabrera recordó que la Virgen se ha hecho presente a lo largo de la historia bajo diversas advocaciones, vinculadas a lugares concretos donde los pueblos han experimentado su cercanía maternal. En Monterrey, dijo, la advocación del Roble representa una expresión particular de ese amor que María ofrece a sus hijos.
“Sintámonos bendecidos, hijos muy especiales de la Virgen María”, exhortó, invitando a los fieles a responder con amor al amor recibido de Dios.
A 62 años de la Coronación Pontificia de Nuestra Señora del Roble, la Iglesia de Monterrey renueva su gratitud por la protección maternal de María y reafirma su compromiso de caminar en la fe, unidos como familia, bajo el signo del amor trinitario que ella refleja de manera admirable.
La celebración concluyó con una invitación a dar gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, reconociendo en María una guía segura para seguir a Cristo y vivir plenamente el Evangelio