La Iglesia de Monterrey se unió en oración por el eterno descanso de monseñor Miguel Ángel Alba Díaz, obispo de La Paz y originario del clero de Monterrey, durante la Santa Misa celebrada en la Catedral Metropolitana de Monterrey, presidida por el arzobispo de Monterrey, monseñor Rogelio Cabrera López.
En un ambiente de recogimiento, gratitud y esperanza cristiana, sacerdotes, obispos y fieles ofrecieron la Eucaristía como signo de comunión con la Iglesia particular de La Paz y como expresión del cariño fraterno hacia quien fuera pastor, formador y amigo.
Durante su homilía, monseñor Rogelio Cabrera expresó que, aunque por diversas responsabilidades no fue posible acompañar presencialmente las exequias celebradas en La Paz, la Iglesia de Monterrey quiso ofrecer esta Misa en su catedral como gesto de agradecimiento a Dios por la vida y el ministerio de monseñor Miguel Ángel, especialmente por los años dedicados a la formación de sacerdotes, varios de ellos presentes en la celebración.
“El cariño y la gratitud se convierten hoy en una oración profunda desde nuestro corazón”, expresó el arzobispo, recordando la cercanía, el carácter afable, la claridad de pensamiento y la firmeza pastoral que siempre distinguieron a monseñor Alba Díaz a lo largo de su servicio episcopal, desde su paso por el seminario, su nombramiento como obispo auxiliar de Oaxaca y, posteriormente, como obispo de La Paz.
Reflexionando sobre el sentido de la oración por los difuntos, monseñor Cabrera subrayó que pedir por el eterno descanso no es una duda sobre la bondad de la persona, sino un acto de amor y de confianza en la misericordia de Dios. “Pedir perdón es pedir más amor a Dios”, afirmó, invitando a los fieles a encomendar a monseñor Miguel Ángel a ese amor abundante que todos necesitamos.
A la luz de las lecturas del día, el arzobispo destacó dos palabras clave: tentación y pan. Explicó que la tentación más profunda ante el sufrimiento y la muerte es dudar del amor de Dios, y exhortó a no caer en el desaliento, recordando que, en Cristo, la muerte se transforma en un paso hacia la vida eterna. Asimismo, aludiendo al Evangelio, habló del simbolismo de la levadura —capaz de dar vida o de corromper— y del pan ácimo de la Eucaristía, signo de resurrección y de vida nueva.
Mensaje final: una huella de familia y comunión en la Iglesia
Antes de concluir la celebración, Mons. Carlos Santos, Obispo Auxiliar de Monterrey, dirigió un emotivo mensaje a la asamblea, en el que compartió una reflexión personal en torno a la familia, la formación y la huella que dejan quienes nos acompañan en el camino de la fe y del ministerio.
De manera espontánea, el Obispo Auxiliar expresó que, con el paso del tiempo y de los años, las personas descubren cómo llevan en su vida rasgos, criterios y enseñanzas de su familia. Señaló que algo muy similar ocurre en la vida sacerdotal, donde el seminario se convierte en una verdadera familia, integrada por hermanos y formadores, cuya influencia permanece a lo largo de la vida ministerial.
En este contexto, Mons. Carlos Santos recordó la figura de Mons. Miguel Ángel Alba Díaz, destacando su profundo amor por el seminario y por el presbiterio, tanto en Monterrey como en la diócesis de La Paz, donde fue obispo. Subrayó que para Mons. Miguel Ángel el seminario no era solo una institución, sino una auténtica experiencia de familia, fe y comunión, realidad que supo transmitir como formador, rector y pastor.
Como ejemplo de este espíritu, compartió el cuidado especial que Mons. Miguel Ángel tenía para que las ordenaciones sacerdotales en La Paz se celebraran cuando todo el presbiterio pudiera estar presente, aun en medio de las grandes distancias de aquella diócesis, reflejando así su convicción de que el presbiterio se forja desde el seminario y se fortalece en la comunión.
Finalmente, Mons. Carlos Santos recordó con gratitud algunas enseñanzas sencillas pero profundas que marcaron a muchos de los sacerdotes formados por Mons. Miguel Ángel, entre ellas su insistencia en formar pastores cercanos y comprometidos, y no solo figuras de autoridad. Concluyó invitando a la comunidad a vivir este espíritu de comunión y agradecimiento, reconociendo que la Iglesia es una familia en la que cada vocación deja una huella y una semilla que da fruto para el bien de todos.