Con la imposición de la ceniza, la Iglesia de Monterrey dio inicio al tiempo litúrgico de la Cuaresma en la Santa Misa presidida por el Arzobispo de Monterrey, quien invitó a los fieles a vivir este periodo como un camino auténtico de conversión, centrado en la oración, el ayuno y la limosna.
Durante su homilía, el arzobispo explicó que estas tres prácticas cuaresmales están estrechamente unidas y que, vistas de manera aislada, pierden su riqueza espiritual. Subrayó que el ayuno no tiene sentido si no conduce a la caridad: “No es un sufrimiento a secas, sino limitarme para darle a otro; gastar menos para compartir más”.
En el centro de la limosna y el ayuno —señaló— se encuentra la oración, entendida como un diálogo vivo con Dios que comienza escuchándolo. En este contexto, recordó la invitación del Papa León para esta Cuaresma: escuchar a Dios y hacerlo como comunidad, caminando juntos en la fe.
El arzobispo destacó además que el ayuno no se reduce únicamente a lo material, sino que debe ser también espiritual, poniendo como ejemplo el ayuno de palabras que dañan al prójimo. “Ayunar del lenguaje”, dijo, es una forma concreta de vivir la conversión cotidiana.
Refiriéndose al significado de la ceniza, explicó que este signo nos confronta con una verdad fundamental: todos somos polvo. Reconocer nuestra fragilidad —afirmó— nos abre a la oración, a la caridad y a la humildad, recordándonos que, más allá de títulos, poder o apariencias, todos somos iguales. “Gracias a Jesús —añadió— hemos pasado de cero a una dignidad y una vocación”.
Al final de la celebración, el arzobispo pidió oraciones por los obispos auxiliares y por él mismo, quienes este día visitarían distintos centros de reinserción social, incluyendo el CERESO femenil, como signo concreto de cercanía y misericordia.
La celebración concluyó con la bendición e imposición de la ceniza, recordando a los fieles el llamado evangélico que marca el inicio de la Cuaresma: “Conviértanse y crean en el Evangelio; recuerden que son polvo y al polvo han de volver”.