En un ambiente de fe, comunión y profunda gratitud, la Arquidiócesis de Monterrey celebró la tradicional Misa Crismal en la Basílica de Nuestra Señora del Roble, donde el presbiterio diocesano renovó sus promesas sacerdotales y se llevaron a cabo la consagración del Santo Crisma y la bendición de los óleos de los enfermos y de los catecúmenos.
La celebración fue presidida por el arzobispo de Monterrey, Rogelio Cabrera López, acompañado por obispos auxiliares, sacerdotes diocesanos y religiosos, diáconos, consagrados y numerosos fieles laicos que se dieron cita en este significativo momento litúrgico, considerado uno de los más importantes de la Semana Santa.
Renovación sacerdotal y signo de unidad
Durante la Eucaristía, los sacerdotes renovaron públicamente sus promesas sacerdotales, reafirmando su compromiso de servicio al Pueblo de Dios. Este gesto simboliza la unidad del presbiterio con su obispo y la fidelidad a la misión recibida.
Asimismo, se consagró el Santo Crisma —utilizado en sacramentos como el Bautismo, la Confirmación y el Orden sacerdotal— y se bendijeron los óleos de los enfermos y de los catecúmenos, que serán distribuidos en todas las parroquias de la arquidiócesis.
“La gratitud crea comunión”: mensaje central de la homilía
En su homilía, el arzobispo destacó la importancia de la gratitud como fundamento de la vida eclesial:
“Comienzo con un acto de gratitud… porque la gratitud crea comunión”, expresó al inicio, reconociendo la presencia de fieles, religiosas, diáconos y especialmente de los sacerdotes.
Invitó a los presentes a dirigir la mirada a Dios, a la Virgen María —venerada en este santuario— y a la Iglesia, recordando que el sacerdocio es un don gratuito:
“Hemos sido ungidos más allá de nuestros méritos… ha sido un acto total de gratuidad de Dios”.
La unción y el Espíritu Santo, centro del ministerio
Al reflexionar sobre el Evangelio de san Lucas, el arzobispo subrayó que la unción sacerdotal está inseparablemente unida al don del Espíritu Santo, el cual impulsa a los ministros a vivir su vocación con amor, cercanía y entrega:
“El Espíritu Santo nos anima a hablar con ternura al pueblo de Dios, nos hace sensibles ante el dolor humano y nos empuja a la misión”.
Un llamado a vivir la misericordia
Retomando el mensaje del profeta Isaías, enfatizó que la misión del sacerdote es proclamar “el año de gracia del Señor”, lo que se traduce en una vida marcada por la misericordia, especialmente hacia quienes más sufren:
“Los pobres, los cautivos, los ciegos, los oprimidos… la fila del sufrimiento es interminable”, señaló, reconociendo las múltiples realidades de dolor presentes en la sociedad actual.
En este contexto, recordó que, aunque las capacidades humanas son limitadas, Dios actúa a través de lo pequeño:
“Dios hace milagros con nosotros y con lo nuestro… como en la multiplicación de los panes”.
Gratitud, perdón y esperanza
En la parte final de su mensaje, el arzobispo invitó a los sacerdotes a vivir este tiempo jubilar con una doble actitud: gratitud y conversión. Reconoció las limitaciones humanas, pero afirmó que la gracia de Dios supera cualquier fragilidad:
“La gratitud cubre la deuda de nuestros errores… hoy miramos a Jesucristo, sumo y eterno sacerdote”.
Una celebración que fortalece la Iglesia
La Misa Crismal reafirma cada año la identidad y misión de la Iglesia local, fortaleciendo la comunión entre pastores y fieles. En Monterrey, esta celebración se vivió como un signo de esperanza y renovación espiritual, en el marco de la Semana Santa, invitando a todos a redescubrir el valor del servicio, la misericordia y el amor en la vida cristiana