En el marco de la Jornada Mundial del Enfermo, este día se celebró la Santa Misa en la Basílica de Guadalupe, donde fieles, agentes de pastoral de la salud, religiosas, sacerdotes y personas enfermas se reunieron para orar y encomendar a quienes viven la experiencia del dolor y la enfermedad.
La Eucaristía fue presidida por el Arzobispo de Monterrey, quien, al inicio de su homilía, agradeció la presencia de los enfermos y enfermas, así como de quienes los acompañan y sirven desde la Pastoral de la Salud. Reconoció de manera especial la entrega de las hermanas religiosas que han consagrado su vida al cuidado de los enfermos, así como la labor de los sacerdotes involucrados en esta misión, entre ellos el padre Adrián, encargado de animar la dimensión misionera para que todo enfermo sea también misionero, y el padre César, coordinador de la Pastoral de la Salud.
El Arzobispo recordó que la Iglesia ha querido celebrar esta jornada en el contexto de la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, subrayando el profundo vínculo entre María y el consuelo de los enfermos. Invitó a la asamblea a unirse al sentir de toda la Iglesia y al mensaje del Papa León, quien con motivo de esta jornada exhorta a volver la mirada al pasaje evangélico del Buen Samaritano, ejemplo permanente de la caridad auténtica y desinteresada.
Durante su reflexión, explicó que el Buen Samaritano no solo se compadece del herido, sino que actúa de manera concreta: se acerca, lo auxilia, lo lleva a un lugar seguro y se compromete con su recuperación. Señaló que detrás de esta figura está Jesucristo, quien es el verdadero Buen Samaritano y el médico de la humanidad. Recordó las palabras del Señor: «No he venido por los sanos, sino por los enfermos», afirmando que, sin excepción, todos somos enfermos, ya sea en el cuerpo o en el interior del alma, y que Cristo vino especialmente por quienes reconocen su necesidad de ser sanados por Él.
Al celebrar esta jornada en la fiesta mariana de Lourdes, el Arzobispo destacó a la Virgen María como modelo de cuidado y ternura, describiéndola como “la mejor enfermera”, aquella que sabe acompañar y sostener al que sufre. A la luz del testimonio de santa Bernardita, explicó que el cuidado cristiano no depende del resultado final de la curación, sino del amor con el que se acompaña. Citando a san Bernardo de Claraval, recordó que Dios nos pide cuidar siempre, haya o no recuperación, porque lo esencial es el amor que se ofrece al enfermo.
Asimismo, subrayó que Dios puede transformar incluso aquello que no es agradable, haciendo “potable” la vida, es decir, capaz de ser vivida con esperanza aun en medio de la enfermedad o del sufrimiento incurable. Invitó a los fieles a beber del Espíritu Santo para enfrentar con fe las dificultades de la vida.
Finalmente, al reflexionar sobre la Palabra de Dios, el Arzobispo hizo referencia a la sabiduría de Salomón y al encuentro con la reina de Sabá, señalando que la Iglesia está llamada a ir al encuentro de Jesús, el Sabio de Israel, llevando sus preguntas y sus inquietudes. Exhortó a los fieles a acudir siempre a Cristo, quien responde y da sentido a la vida, recordando que solo en la sabiduría divina se encuentran las respuestas profundas que el corazón humano busca.
La celebración concluyó en un ambiente de oración, esperanza y comunión, renovando el compromiso de la Iglesia de Monterrey de acompañar, cuidar y dignificar a los enfermos, reconociendo en ellos el rostro sufriente de Cristo.