En un ambiente de recogimiento y profunda solemnidad, este Viernes Santo se llevó a cabo la celebración de la Pasión del Señor en la Catedral Metropolitana de Monterrey, presidida por el arzobispo de Monterrey, quien centró su mensaje en el misterio de Cristo como verdadero hombre y verdadero Dios, así como en el sentido del desprendimiento y la humildad.
Durante la liturgia —en la que, como marca la tradición de la Iglesia, no se celebra la Eucaristía— se proclamó el relato de la Pasión según San Juan. En su homilía, el arzobispo destacó que este testimonio fue escrito “para que, al escucharlo, ustedes puedan creer”, subrayando que la escucha del Evangelio es fuente de fe para los creyentes.
El prelado explicó que en la Pasión se revela el misterio central del cristianismo: Jesucristo, siendo verdadero Dios, también es verdadero hombre, y como tal experimentó el sufrimiento, la muerte y la sepultura. “Cristo experimentó lo que es crucial para el ser humano: la muerte y el despojo de todo lo que es y de lo que merecía”, expresó.
Asimismo, recordó que la liturgia de este día se distingue por su sencillez, reflejo del momento que conmemora. “En la muerte todo se deja a un lado: los honores, los ropajes, todo aquello que a veces creemos lo más importante”, señaló, al tiempo que evocó cómo Jesús fue despojado de su dignidad, de su respeto e incluso de sus vestiduras.
El arzobispo invitó a los fieles a reflexionar sobre el sentido de la vida y la fugacidad de los bienes materiales. “Uno construye sueños y grandezas pensando que durarán para siempre, pero no es así; todo es provisional”, afirmó. En este contexto, subrayó que la muerte ayuda a distinguir lo esencial de lo secundario y orienta al encuentro con Dios.
En la parte final de su mensaje, hizo un llamado a vivir con humildad, austeridad y caridad: “Que el Señor nos ayude a ser humildes, a vivir de manera más austera, en la caridad y en el respeto de todos”.
La celebración concluyó en un clima de silencio y oración, propio de este día santo, en el que la Iglesia contempla la pasión y muerte de Jesucristo, a la espera de la alegría de la Pascua.