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Prot. No. 241/2020
31 de Mayo de 2020

Decreto

“El Obispo debe manifestar con su vida y ministerio episcopal la paternidad de Dios; la bondad, la solicitud, la misericordia, la dulzura y la autoridad moral de Cristo, que ha venido para dar la vida y para hacer de todos los hombres una sola familia, reconciliada en el amor del Padre; la perenne vitalidad del Espíritu Santo, que anima la Iglesia y la sostiene en la humana debilidad”.
(Directorio para el ministerio y vida de los Obispos, 1)


A todo el pueblo de Dios que conforma la Iglesia de Monterrey,
¡la paz esté con ustedes!

Quiero compartirles la alegría que inunda mi corazón por los 24 años de vida episcopal que el Señor me ha concedido estar al servicio de su Iglesia participando del Sumo Sacerdocio de Cristo: no es el festejo de un hombre sino de una comunidad, pues el sacramento del orden solo se entiende en medio y al servicio de la comunidad. Como pueden ver en el epígrafe de esta carta, la misión que Dios me ha confiado no es sencilla para el ser humano, pero sí fácil para la gracia de Dios: hacer presente la Santa Trinidad que ama y acompaña a toda la humanidad.

Estos 24 años como Obispo me han llevado a conocer las diversas realidades de nuestra nación y la manera tan diversa en la que cada cultura hace realidad los valores cristianos y celebra la fe: desde el corazón de “tierra caliente”, cuando tuve el privilegio de pastorear a la diócesis de Tacámbaro, en Michoacán, hasta llegar a una región prospera como lo es la Iglesia de Monterrey, habiendo pasado por la frontera sur en Tapachula y por la riqueza cultural de Tuxtla Gutiérrez en Chiapas. En todos y cada uno de estos lugares he experimentado el amor de la comunidad por el sacerdocio de Cristo y he buscado entregarme como Él lo espera y la comunidad lo merece.

Mi vocación, desde que comenzó con la enseñanza catequética y la oración de mis padres, ha estado marcado por la misericordia divina, que desde mi infancia me llevó a profundizar los misterios de su amor. Hoy, sabiendo y viviendo el valor de la comunión de los santos, que nos une a todos los cristianos, y la importancia de las familias en la pastoral vocacional, le pido a mis amados padres, Velina (+) y Melquiades (+), que junto con María, intercedan por todos ustedes que me dan la oportunidad de servirlos: hoy y siempre buscaré transmitirles los valores que ellos me enseñaron y difundir el valor de la vocación que ellos sembraron en el corazón de nuestra familia, en la que no solo yo he sido llamado a abrazar el sacerdocio ministerial sino que también lo ha sido mi hermano Rubén, en la diócesis de Querétaro.

En la intimidad del hogar, en la formación sacerdotal y en el ejercicio del ministerio, han sido dos los dones espirituales que me han fortalecido: la Eucaristía y el amor de María y a María.

Y es que la Eucaristía nos mueve a todos los cristianos, y en especial a los consagrados al servicio a todo el pueblo de Dios, en dos dimensiones: como sacrificio a entregar día a día nuestra vida a la comunidad como una ofrenda de amor al Padre celestial y como sacramento a configurarnos cada día más a Cristo de quien nos alimentamos. Humildemente, pues, les pido hacerme un regalo: orar cada día para que un servidor y mis colaboradores (diáconos, presbíteros y obispos) crezcamos en la entrega a ustedes, el pueblo santo de Dios, y en la configuración a Cristo siervo, sacerdote y maestro, que se santifica por toda la humanidad.


El amor de María y a María ha acompañado siempre mi vocación: fue a los pies de nuestra Señora del Pueblito y de la Virgen de los Dolores de Soriano, en Guanajuato y Querétaro como comenzó a crecer mi vocación por el testimonio de fe de mi familia y comunidad, y es bajo el manto protector de Nuestra Señora del Roble, nuestro baluarte, que llega a su madurez. Así, he tenido la oportunidad de constatar que nuestra amorosa Madre, con diversos rostros, forma parte de todas las comunidades cristianas y jamás, en especial en tiempos difíciles como los que hoy vivimos, nos dejará desamparados. Incluso me llena de alegría que la Virgen del Pueblito me haya acompañado hasta estas tierras: toda una comunidad, Hidalgo, N. L., está bajo su protección y es un gran gozo poder ir a visitarla en su casa y saber que ahí se ora por sus pastores y por las vocaciones, como debemos hacerlo todos.

Es en todo este contexto de alegría por el Sumo y Eterno Sacerdocio de Cristo que el Señor me ha encomendado ejercer en beneficio de toda la Iglesia universal y en específico por la Iglesia de Monterrey que, consultado mi Consejo Episcopal y a mis colaboradores, he decidido decretar un


AÑO JUBILAR SACERDOTAL

en nuestra Iglesia arquidiocesana, comenzando hoy bajo el manto de la Virgen Santísima del Roble, día que festejamos su Coronación pontificia, y hasta la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote del 2021, día en el que festejaremos los 25 años de mi consagración episcopal. Quien me conoce bien, sabe que según el calendario civil el aniversario de mi ordenación se cumple el 30 de mayo pero que yo suelo festejarlo cristológicamente el día de dicha fiesta tan grande para la Iglesia.


A lo largo del año, privilegiando la reflexión sobre el sacerdocio y la labor de la pastoral vocacional, iremos proponiendo formas para profundizar, celebrar y vivir el sacerdocio de Cristo. Por lo pronto, entre las primeras acciones que haremos destacan:

- A los clérigos, considerando especialmente la dimensión sacrificial de la Eucaristía, dirigiré una catequesis sobre el ser y quehacer del sacerdote en el día de la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote;

- A los laicos, privilegiando la dimensión sacramental de la Eucaristía, llevaremos como Iglesia la visita del Santísimo Sacramento a sus hogares y lugares de trabajo con la procesión que pido a todos los sacerdotes realizar en la Solemnidad de Corpus Christi (cada párroco, administrador o rector deberá llevar a cabo, utilizando un medio apropiado y digno, un recorrido por las calles de su comunidad, manteniendo las medidas de sana distancia y sin aglomeraciones, bendiciendo los cuatro puntos cardinales según la costumbre centenaria de este día);


- Con el Seminario de Monterrey, privilegiando la dimensión de servicio que implica la vocación, viviremos fuertemente la Misión COVID de nuestra Arquidiócesis para que nuestros jóvenes seminaristas, preparando su servicio futuro, sirvan en los momentos de adversidad a los más necesitados de nuestra Iglesia.

Estas actividades son solo el inicio de nuestro año jubilar sacerdotal, están adaptadas a las circunstancias de adversidad que vivimos. Oportunamente iremos informando de más actividades que nos ayuden a profundizar a lo largo de este año en el sacerdocio, sin embargo, la primera acción entre todas es hoy, en esta basílica, poner bajo el manto protector de Nuestra Señora del Roble a todos los sacerdotes y diáconos que servimos a esta Iglesia para que podamos entregar nuestra vida estando a su servicio por amor como lo hizo su Hijo por el bien de toda la humanidad en el altar de la Santa Cruz.


¡Virgen Santísima del Roble, cúbrenos con tu manto!
¡Venerable Padre Raymundo Jardón, ruega por nosotros!