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Prot. No. 249/2018
28 de Marzo de 2018

Carta Pastoral

Carta Pastoral a los sacerdotes, a los consagrados, a los diáconos
y a todos los fieles laicos de la Arquidiócesis de Monterrey

y a las personas de buena voluntad

EL SACERDOTE, ROSTRO Y CORAZÓN DE JESÚS

Escucha la palabra de Dios, 
preside la Eucaristía y se preocupa de los pobres


“Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra. Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, porque les comuniqué las palabras que tú me diste: ellos han reconocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me enviaste. Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado. Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él; y yo vuelvo a ti. Padre santo cuídalos en tu Nombre -el Nombre que tú me diste- para que sean uno, como nosotros” (Jn 17, 6-12).


“Cuando llegaron cerca del pueblo a donde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: ‘Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba’. Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio.  Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: ‘¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?’ En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: ‘Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!’ Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (Lc 24, 28-35).


Les propongo estos dos pasajes, uno del Evangelio según San Juan y otro del Evangelio según San Lucas. Ellos nos guiarán y darán luz para apreciar el don recibido a favor del Pueblo. Esta carta, aunque tiene como destinatarios a los sacerdotes que sirven en nuestra Iglesia diocesana, tanto religiosos como diocesanos, está dirigida también a los consagrados, a los diáconos, a los laicos y a todas las personas de buena voluntad. Por nuestro sacerdocio ministerial, estamos al servicio de un pueblo sacerdotal que, por el bautismo, está consagrado junto con nosotros al Señor Dios.


I.  “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” La llamada


1. El llamado vocacional al sacerdocio ministerial es la voz de Jesús en el corazón de cada sacerdote. El timbre de esa voz nos es tan familiar que, si escuchamos con atención en medio de los sonidos de nuestro tiempo, podemos reconocerlo presente cada día de nuestra vida. Esa misma voz sigue llamándonos con la misma frescura de aquella época en que por primera vez, emocionados y temerosos, le dijimos “sí” a su invitación a consagrar nuestra vida.


2. La vida es un camino hacia Dios, nuestro Padre; sea cual sea la etapa en la que cada uno se encuentra, el Señor quiere entrar en nuestro corazón para escuchar también nuestra voz con su timbre, tan familiar para Él. A lo largo de todo tu peregrinar han sucedido ya muchas cosas. Jesús te había invitado a un camino de perfección, tú dijiste “sí” y te desprendiste de cosas y relaciones. El tiempo, tal vez años y décadas, ha realizado su secuencia ininterrumpida y, el día de hoy, el tesoro de tu corazón contiene cosas antiguas y nuevas, todas ellas como vivencias, unas más penetrantes que otras, pero todas han dejado huellas en tu corazón y rasgos en tu rostro.


3.  Muchas de estas vivencias esperan ahí, para que, en los momentos de diálogo con Jesús, sean convertidas en Eucaristía, en experiencias que cultivan la sabiduría que el Espíritu Santo ha derramado sobre ti. Hoy quiero invitarte, con esta mi Quinta Carta Pastoral, a renovar tu compromiso, a recuperar aquella motivación para volverla fresca y lozana, a entregarte con más entusiasmo a tu ministerio.


4. Es necesario comentar lo que ha sucedido hasta hoy. Un día, el Señor Jesús se acercó a caminar contigo y comenzó a hablarte de manera especial, tal vez, como nunca antes. Tú eras un adolescente o un joven con responsabilidades laborales y familiares; seguramente con muchas ilusiones y una historia sencilla llena de contrastes, como los retratos de Rembrandt, en los que el famoso pintor representaba los rostros de los seres humanos sin falsas grandezas, solo con sus luces y sombras. Aún con ellas, el Señor nos llamó viendo en nosotros las grandes posibilidades de ser, las grandes ilusiones de una vida buena, de virtud, de justicia y de caridad.


5. Era el Señor, con sus pies llenos de tierra, quien caminaba contigo por aquellas calles y caminos. Era el Señor, con sus manos creadoras, quien obraba contigo. Era el Señor con sus labios puros, quien hablaba contigo. Era el Señor, con su Corazón Divino, quien dibujaba sueños e inspiraba con ellos tu vida. El llamado fue personal. Dirigido solo a ti, y a través de un diálogo con Dios que solo tú conoces. De seguro, como el profeta, respondiste que apenas eras un muchacho, que no sabías expresarte (Jr 1,6), pero corriste el riesgo y aceptaste.


6. Recordar el llamado del Señor, nos lleva a recordar nuestras primeras respuestas. Las historias de nuestros llamados son tan diferentes, cuan diferentes son nuestros corazones. Algunos vivíamos en las cosas del Señor, participando en algún grupo parroquial; otros éramos muchachos no tan cercanos a la Iglesia; otros teníamos muchas heridas; otros, dudas. Éramos simplemente muchachos con mente joven, abierta al mundo, abierta a los hombres y a las mujeres, abierta a Dios, con muchas ilusiones. Aquella motivación juvenil de dejarlo todo para seguir a Jesús: ¿permanece?, ¿se ha venido diluyendo con el paso del tiempo?, ¿cómo podemos rejuvenecerla, refrescarla, fortalecerla?


7. Definitivamente, decirle sí al Señor no fue fácil, pero no nos dimos cuenta. Tal vez tomamos conciencia hasta estar de lleno en la vida comunitaria del seminario, cuando las exigencias formativas y las relaciones de amistad con los compañeros estaban fraguando sentimientos entre el gozo y la incertidumbre, pensamientos sobre el camino que había que recorrer, deseos de responder, inteligencia de las exigencias, proyectos de vida sobre una base de fortaleza interior que el Señor había preparado para cada uno de nosotros. Éramos discípulos iniciales, pero libres; quizá con dudas, pero también con muchas ilusiones.


8. Aún no éramos suficientemente conscientes de ser parte del pueblo. En la mente joven, aparecen los hechos, aparece la respuesta a ellos y la propuesta hacia delante; aún falta la riqueza de la experiencia, el desarrollo de la profundidad de la mirada y las experiencias de muerte y resurrección en las que el discípulo es fortalecido en su cuerpo y carne, en su mente y corazón, en su alma y espíritu. La conciencia del pueblo aparece poco a poco, de la mano del Señor, luego nos preguntará si lo amamos.


II. “Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan”. La respuesta inicial 


9. Poco a poco aprendimos a responder al Señor. Dimos los primeros pasos por la oración, nos encontramos con nuestra inseparable y fortalecedora compañera de camino: la liturgia de las horas. Intentábamos comprender el misterioso “los llamó para que estuvieran con Él” (Mc 3,14).  Se trataba de la comunidad, una invitación a salir de nosotros mismos, pues no sólo te llamó a ti en tu unicidad, sino que también llamó a otros; llamó a otras personas iguales a ti en dignidad y también en indignidad.


10. Los compañeros seminaristas, tu generación y los contemporáneos, eran colegas, algunos amigos, pero todos aprendiendo a ser hermanos. Ellos compartieron las luces y sombras de la respuesta vocacional en cada etapa, en cada día trabajado desde la mañana a la noche, en cada noche de lágrimas y nostalgia; pero también en cada estallido de risa y alegría, en tantos momentos de juego, en muchas pláticas de café y tantas experiencias de apostolado.


11. Ahí estaban también los formadores, hombres frágiles, pero que querían cumplir su misión formadora. De ellos recibimos cuidado, palabra y luz; de ellos aprendimos mucho, algunos de ellos fueron verdaderos maestros de vida para nosotros. Con ellos experimentamos también el roce de la vida comunitaria, la corrección, la exigencia, hasta el desacuerdo con actitudes y decisiones en la vida formativa. 


12. Nosotros los veíamos como señores ya avanzados en edad, algunos realmente lo eran. Pero hoy podemos reconocer que eran personas relativamente jóvenes, luchando consigo mismos, tratando de abrirse camino en su etapa de vida y ministerio, bajo la luz del Espíritu, tratando de aceptar y responder de la forma más adecuada a la misión encomendada. Muchas batallas ganaban, algunas las perdían. El blanco de sus canas reflejaba su preocupación por el seminario encomendado. Asumieron con entusiasmo un ministerio que no tiene las mieles de la vida parroquial. ¡Dios pague su generosidad por todo lo que nos cuidaron, enseñaron, pulieron e inspiraron!


13. En medio de altas y bajas, entusiasmos y heridas, el seminario fue para cada uno de nosotros un tiempo de gracia del que podríamos contar innumerables aprendizajes y al que tenemos mucho que agradecerle. ¿Cuáles habrán sido los aprendizajes más significativos de tu etapa del seminario? Te aseguro que te maravillarías al compartirlos. Pero, también: ¿Qué es lo que más le agradecerías al seminario?


III. “Se pusieron en camino”. Nuestro camino como discípulos de Cristo


14. Todo estuvo dispuesto para desarrollar nuestras personas como discípulos del Señor Jesús y misioneros de su Evangelio, cultivando en nosotros los sentimientos de Cristo, Buen Pastor, hasta que, por puro amor gratuito suyo, nos llamó al don y tarea del sacerdocio ministerial. Nos dio como misión guiar, enseñar y santificar a su pueblo; como razón de ser, su amor misericordioso; como relación fundamental, la comunión con Él y con el pueblo, como quienes aman a Dios sobre todas las cosas y al pueblo como pastores a la manera suya; y como naturaleza específica de vocación, el servicio desinteresado y total a la gloria de Dios y al sacerdocio bautismal de sus hermanos, en especial de los más pobres.


15. No podemos desarrollar este don y servicio más que por mediación y en comunión con la Iglesia; cultivando un orden estable de vida, con los deberes y derechos de un hombre que tiene ya cierto grado de madurez y es llamado a seguir dando frutos de fe, unido a su Señor. Cada uno de nosotros necesita volver al entusiasmo de las primeras etapas de respuesta al llamado y de la ordenación sacerdotal. El paso de los años nos ayuda a tomar conciencia y madurar gradualmente el don recibido, provocando en nosotros gratitud y no soberbia, conciencia de que el don recibido es gratuito y no un pago a nuestros méritos. Agradecemos que este regalo nos fue entregado por nuestro obispo, por quien siempre debemos rezar y vivir en comunión de espíritu.


16. Son cosas que nos recuerdan el sentido de nuestra vida en medio de la complejidad de los tiempos modernos y de la multiplicidad de posturas, opiniones, invitaciones y reclamos de la sociedad, que en muchas ocasiones provocan confusiones en nuestra propia identidad sacerdotal. Cada uno de nosotros podría expresar con claridad y, desde lo profundo del corazón, el propio credo de su madurez en la fe y en el ministerio. ¿Cuáles puntos de tu vida sacerdotal aparecerían con claridad en tu credo personal, de modo que expresaran el grado de madurez alcanzado en tu camino con Cristo en medio de su pueblo?


17. El principal enemigo en nuestro seguimiento al Señor no es tanto nuestras fragilidades cuanto la ignorancia sobre nosotros mismos que está a la raíz de estas. No pocas veces detrás de las frustraciones en la vida personal-pastoral se encuentran aspectos de nuestra historia, modos de percibir y emocionarnos ante el presente que restringen nuestra libertad y capacidad de entrega, llevándonos a la desilusión, al conformismo, a la autoreferencialidad y exhibicionismo en el ejercicio ministerial, si no es que a la tristeza y búsqueda de paliativos que no hacen otra cosa que alejarnos de aquel proyecto que un día el Señor hizo arder en nuestros corazones.


18. Necesitamos profundizar y continuar formándonos en nuestra vida afectiva, esa esfera de nuestra personalidad en la que interactúan sentimientos, instintos y emociones con pensamientos y comportamientos.  A nosotros sacerdotes, que somos “hombres de comunión” en la Iglesia (PDV 43) y representación sacramental de Cristo, se nos presenta como la oportunidad de entrar en diálogo con un Dios que hecho hombre hace de la humanidad el camino de salvación. La afectividad y la espiritualidad no son realidades separadas en nuestra persona, sino entrelazadas. No fue el mucho saber lo que ha llevado a los santos y mártires de la Iglesia a dar su vida en comunión con Cristo sino hacer de su vida una “ofrenda de amor”, con toda la densidad que implican estas palabras, asemejándose a Jesús que dijo: “¡aquí estoy, dispuesto a hacer, oh Dios, tu voluntad!” (Hb 10,7).


IV. “Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él”. Sacerdotes de Cristo desde el pueblo y para el pueblo


19. Hemos entrado en la reflexión acerca de un Dios que se adelanta y se involucra con el ser humano. Jesús se presentó ante nosotros, verdaderamente ante cada uno, en un momento fundamental para nuestra vida. No se trata de relatos “aparicionistas” ni de falsas espiritualidades, sino del amor de Dios que te cambió la vida. Nadie puede negar esta realidad. Mucho de lo que tú hablas y transmites hoy tiene lugar porque Jesús se presentó ante ti, te llamó, te hizo sentir su amor y te dejaste seducir por su invitación. Te llamó de dentro del pueblo para estar con Él; para alimentarte de su amor, a fin de luego dar testimonio ante el pueblo y acompañarlo.


20. El Señor Jesús se ha involucrado en la historia de cada ser humano, en la historia de los pueblos, en la historia de la humanidad. Él es el dueño de la historia y en su corazón están todas las personas en su individualidad: cada familia, cada barrio, cada colonia, cada municipio, cada parroquia y cada comunidad. Con su presencia nos lleva a considerar la historia de nuestra Iglesia diocesana, obispos y feligresía unida, como la historia del pueblo de Dios. En este pueblo de Dios concreto fuimos llamados y a este pueblo concreto somos enviados como manifestación del amor de Jesús a la Iglesia universal y a la Iglesia particular.


21. El Papa Francisco nos ha invitado a retomar esta conciencia de ser pueblo y de gozar con alegría el hecho de formar parte de él: “ser Iglesia es ser Pueblo de Dios” (EG 114). Es necesario superar la mentalidad individualista, la cual tiene dos desenlaces: la melancólica indiferencia y la hiriente rivalidad. Ambas llevan a la tristeza y conducen al rechinar de dientes. Ser pueblo significa participar de la humanidad y entusiasmarse con la condición humana. Es verdad que, en muchas ocasiones, las contradicciones, las incoherencias, la injusticia, la corrupción y el pecado nos llevarán a lamentarnos y decepcionarnos de la humanidad. Pero quien ha penetrado en las profundidades su condición humana, podrá reconocer y valorar el brillo de la gracia divina, pues esta gracia bajó a estos infiernos antes que nosotros y, de alguna manera, ahí nos esperaba para arrancarnos del remolino de tristeza, desesperanza y oscuridad en el que en ocasiones cae nuestra humanidad.


22. Ser pueblo es reconocer nuestro origen: fuimos llamados, fuimos convocados, capacitados para vivir juntos y apoyarnos en medio de tanta dificultad. Hermano sacerdote, ser pueblo es amar al pueblo, amar la comunidad con sus luces y sombras. Si en tu corazón han crecido la indiferencia hacia el pueblo y la rivalidad con nosotros tus hermanos, demos un paso juntos; demos un paso a la esperanza en que podemos ser más hermanos, ser mejores hijos de Dios y vivir juntos buscando una verdad más clara, una mayor justicia, una esperanza cierta y una caridad concreta. Platiquemos de lo que sentimos, de lo que nos preocupa, de lo que nos alienta. Compartamos nuestros miedos y angustias, nuestras alegrías y esperanzas.


23. Fuente de gran esperanza es el hombre que cumple su deber, que realiza su misión, que hace su tarea, que termina su trabajo, que es responsable. Quien lo hace fortalecido por la gracia del Señor logra esperanza alegre para su pueblo. Eso estamos llamados a ser: hombres de esperanza alegre y contagiosa. Entre tantas propuestas en el mundo, recordemos que nuestra principal tarea es el anuncio gozoso de la llegada del Reino de Dios. La principal tarea es, pues, que todos los seres humanos conozcan el Evangelio de Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios Padre, que nos envió su Espíritu Santo para dar testimonio de su amor misericordioso. Amor tan extremo y definitivo que es un amor de cruz y entrega de la vida frente a la muerte, pero más fuerte que ella, pues es un amor de Resurrección. Como pastores de la Iglesia de México, los obispos de nuestra nación nos estamos preparando a celebrar en el año 2033 el segundo milenio de los acontecimientos de la Redención y en el año 2031 los quinientos años del acontecimiento de Nuestra Señora de Guadalupe y quiero que cada uno de ustedes, como miembros del pueblo de Dios, se una a vibrar con esta historia de salvación.


24. La dedicación a la principal tarea antes señalada, nos llama a la entrega total, algunos dirían profesional; como persona que conoce, que ha desarrollado las habilidades necesarias y que ha llegado a la madurez debida, pero siempre en humildad, para seguir aprendiendo y ganando más almas para Dios. Nuestro tiempo requiere de sacerdotes santos, es decir, dedicados a Dios, expertos en las cosas de Dios, no para cumplir imaginaciones humanas, o del pueblo, o de la autoridad, o de sí mismo, sino para descubrir la voluntad de Dios y seguirla, desarrollando un esfuerzo sincero para realizarla en nuestra persona y animar al pueblo en ella, siempre bajo el espíritu de comunión eclesial.


25. Cumplir este deber es el gozo del corazón sacerdotal. Estoy consciente de que atender a una comunidad de nuestro tiempo es dejar la propia vida y aun así no tener contentas a muchas personas. Pero quiero que entremos en un tiempo de oración animosa, para pedirle al Señor su luz y dejar que sea Él quien nos consuele, nos ilumine y nos envíe. Creo que nuestra limitación no nos alcanza para ser quien dé solución a tantos problemas y necesidades de nuestro pueblo, tan azotado por constantes látigos. Pero somos sus sacerdotes y no lo vamos a abandonar: qué nos anime Cristo, qué nos ayude a entregar nuestro esfuerzo humilde y solícito, qué no nos propongamos conseguir el vano reconocimiento del mundo y los proyectos relumbrantes, sino el corazón sencillo, constante y perseverante de un sacerdote que lucha en su interior con sus propias pasiones y limitaciones. El corazón de un sacerdote que  trabaja para dar esperanza a los sinceros movimientos, gozos, alegrías y esperanzas del corazón de los fieles y lucha también con los ánimos, humores, sentimentalismos, frustraciones, resentimientos y reclamos que ellos mismos depositan en sus sacerdotes.


26. Es nuestra cruz, hermanos, es nuestro altar, nosotros nos gloriamos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; en ella está nuestra redención, en ella brilla nuestra salvación, por ella somos llevados a la resurrección en el Señor. Ningún poder del mundo puede con la majestad de Cristo manifestada en un sacerdote que está, que sale a confesar, que sale a visitar y a escuchar, que sale a consolar y a ungir, que sale a predicar y a dialogar, que sale a orar, que sale a convocar a su pueblo para estar con Jesús, para construir el Reino de su Padre.


27. El pueblo espera esto de nosotros: que seamos hombres de Dios. En medio de las luces y sombras que el mundo ofrece a las personas en nuestro tiempo, los corazones necesitan la presencia de alguien que recuerde a Jesucristo, que hable, que mire y dé esperanza. El sacerdote está llamado a tener los pies bien puestos en tierra; a ser conocedor de las características del mundo en el que su comunidad vive y a donde ha sido enviado por Cristo. Para ser un buen pastor en nuestros tiempos, enseña el Papa Francisco, es necesario saber apasionarse con las cosas de la comunidad: sus valores, sus necesidades, sus aspiraciones, sus vicios y virtudes, su modo de pensar en la vida, su llamado a la santidad en la vocación específica de cada persona, sus comercios, su ir y venir, sus familias, su reír y llorar, su manera de hablar, su preocupación, sus aficiones y canciones. Necesitamos interesarnos por la cultura de nuestro pueblo, asumirla.


28. Conocer al pueblo para comprenderlo y comprender para servirlo es la pasión sacerdotal. Así, otro rasgo de un sacerdote buen pastor es saber discernir, dedicando tiempo a la oración, a la reflexión, a la contemplación. El discernimiento es un gran desafío en nuestros tiempos. No es tanto un saber, como un buscar; ni tanto un solucionar, como un inspirar. El mismo Papa Francisco nos invita a no ser “presbíteros google”, que piensan saberlo todo, que nunca se equivocan. Quienes son así toman el camino de la lejanía de sus hermanos, siguen por el camino de la autosuficiencia, se alimentan de resentimiento y terminan por aislarse de sus hermanos presbíteros; dejan de servir a los demás o, tal vez, solo sirven a algunos y se sirven inapropiadamente de otros. El discernimiento necesita una persona: cuerpo, cabeza y corazón, mente y espíritu en comunión con Dios y con la comunidad. Contemplar y escuchar, buscar y escrutar, sentir y sentirse, abrazarse con otros y comunicarse adecuadamente con los hermanos.


29. En nuestro Plan de Pastoral, hemos trazado el modelo pastoral centrado en un corazón que quiere vivir el shemá, un corazón que quiere escuchar: mirada contemplativa, discernimiento comunitario, acción misericordiosa. No somos sacerdotes-enciclopedia, somos sacerdotes-hombres del discernimiento. El tercer rasgo de un buen pastor contemporáneo es su habilidad de denunciar. Necesitamos claridad, pues denunciar no es reclamar y compungir. El ministerio profético busca la conversión, pues el Señor Jesús nos ha revelado la voluntad del Padre que no quiere que el hombre muera, sino que se convierta y viva. Saber denunciar implica saber tratar el error humano, su fragilidad, su camino de perfección, su caída en el pecado, con corazón sereno y prudente, libre y paciente, sin ofensas ni groserías. Implica aprender del Sagrado Corazón de Jesús, manso y humilde, que trata al pecador con misericordia. Denunciar proféticamente es saber acercarnos al pecador al modo de Jesús: con misericordia. De esta manera los invito a todos a cultivar estos rasgos en cada uno de nosotros. Que nuestro rostro sacerdotal sea imagen del Divino Rostro, con sus rasgos de cruz, discernimiento y denuncia para la conversión de todos hacia Dios.


30. El amor del sacerdote por su comunidad tiene una base muy importante en el amor a su diócesis. El pueblo se ama por ser el pueblo, es decir, el amor tiene un fundamento en el ser. Cuando decimos “soy de aquí”, estamos diciendo que mi ser es configurado por esta región del mundo. Ser yo, no es sólo yo, sino yo donde vivo; pero en el ser humano, el vivir es más que el ejercer las funciones vitales. El ser humano habita, por ello comprendemos que cuando decimos “yo soy de aquí” también significa “habito aquí”. El “aquí” me configura, el mundo que habito es parte de mí; si no conozco el mundo que habito y no lo valoro, el amor a sí mismo queda sin rostro. Y todo esto se enriquece al considerar que habitamos un mundo, es decir, no soy sólo yo, somos nosotros. El ser humano siente y comprende el mundo cuando alguien le dice: tú eres de nosotros, eres de los nuestros. Nosotros habitamos este mundo, habitamos esta diócesis, somos este pueblo. Es el Señor quien ha formado este pueblo y Él es quien nos ha enviado a servirlo.


31. Ante la complejidad de la vida en nuestra Diócesis somos llamados a amar al pueblo que habita estas tierras para poder amar a la Iglesia que peregrina en estas tierras hacia la casa del Padre. Me preocupan algunos comentarios entre nosotros que ponen en entredicho el amor por el pueblo y el amor a nuestra diócesis, como cuando nos expresamos de una parroquia o comunidad como no digna de tal presbítero por su “trayectoria” u otras circunstancias, o cuando minusvaloramos o ensalzamos a un hermano presbítero por criterios mundanos.


32. Somos llamados a conocer todas nuestras parroquias, comunidades, estructuras y centros pastorales, porque hemos sido llamados a servir a cada persona que ahí habita y se desarrolla. Es necesario conocer y valorar su tierra para poder amarla; conocer y valorar a las personas para poder amarlas; minusvalorar una persona o una comunidad es minusvalorar el ministerio y el sacerdocio de Cristo.


33. Cada sacerdote tiene afinidades, historia que atender, rasgos y circunstancias personales en el ejercicio del ministerio. Les aseguro que Cristo las sabe y yo necesito considerarlas, pero, hermanos, necesitamos conocer y amar las comunidades que componen nuestra diócesis para tener un corazón bien dispuesto en el momento que alguna de esas comunidades nos necesite y el Señor nos llame a atenderla. No hay parroquias mejores que otras, ni parroquias-premio o parroquias-castigo. Todas están llamadas a ser una comunidad de comunidades; un espacio en donde nuestros fieles puedan avanzar en santidad y convertirse en discípulos de Jesucristo y misioneros de su Palabra. Este cariño respetuoso a todas las personas y a todas las comunidades parroquiales nos prepara para la misión ad gentes, pues también debemos estar dispuestos a servir a la Iglesia en otros países o en otras regiones de nuestra patria.


34. El Papa Francisco nos ha pedido que seamos sensibles con nuestro pueblo, especialmente en el sacramento de la reconciliación: “A los presbíteros les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas, sino el lugar de la misericordia” (EG 44). Nunca olvidemos, en el momento de la confesión, que los primeros pecadores somos nosotros.


V. “Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!”. Los compromisos pastorales emergentes


a. El anuncio pascual a los pobres


35. En el ejercicio de nuestro ministerio sacerdotal, el Señor Jesús nos ha encomendado de manera especial a los pobres y necesitados. Hermanos que sufren y necesitan, sufren y buscan, sufren y callan, sufren y se esfuerzan, sufren y se hunden, sufren y son olvidados. Ellos nos han sido encomendados a nosotros y esto, en ocasiones, nos hace sentir como los apóstoles desafiados por Jesús: “Denles ustedes de comer” (Mc 6,37). Experimentamos un sentimiento difícil de descifrar, pero es algo que nos lleva a preguntar ¿por qué yo? Ese sentimiento evoluciona y luego nos hace pensar: esto es culpa de…; algunas veces desemboca en el resentimiento con quien te desafió o en la impotencia ante la magnitud del desafío o en la fuga de la realidad que te es presentada.


36. En aquella ocasión en que Jesús lanza el desafío, quedó al desnudo el interior de los seres humanos, tal vez los apóstoles sólo pensaron en sí mismos: nosotros no podemos. El esquema mental individualista y secularista ha estado presente siempre. La respuesta de los apóstoles es nuestra también: tendemos a enjuiciar todo desde nuestra óptica y condición, sin considerar a Jesús, aunque lo tenemos frente a nosotros.


37. Atender al necesitado impide la opción, la decisión por él. Decisión que no nace en el ser humano, nace en Dios y es inspirada en nosotros. De tal manera que el desafío lanzado por el Señor es: démosle de comer, traigan el pan y el pescado. Para comprender los desafíos de la vida en Cristo se necesita alcanzar la madurez a la que hay que caminar en medio de muchos intentos fracasados. La serenidad y el gozo de alguien que cree sin resentimiento, que espera sin reclamo y ama sin condición es una meta intermedia de la vida cristiana. ¿Quién habrá que haya llegado a ella?


38. Trabajar con opción por los pobres solo es posible con un espíritu pobre, en el ámbito de las bienaventuranzas reveladas por el Señor Jesús. La bienaventuranza como camino de la pobreza de espíritu es otro de los desafíos lanzados por el Señor. Indudablemente se trata de una humildad y sencillez que brotan de la contemplación de la majestad de Dios, bella y sobria, y del descubrimiento de esa misma majestad en el ser humano, hija e hijo de Dios.


39. Somos imagen y semejanza del Padre, tenemos un rasgo de su belleza y majestad. San Juan Crisóstomo, al contemplar la creación, como lo dice en sus homilías sobre el Génesis, se admiraba de la majestad con la que Dios obra y la belleza de sus obras. Esta contemplación lo lleva a proponer que la creación es sobria, está en su punto; no porque no tuviera perfección por desarrollar, sino, tal vez, por la riqueza y dignidad en sí misma como creación divina y el llamado de Dios a la perfección. El Papa Francisco, en la Encíclica Laudato Sì ha hecho un llamado a todos, nos invita a la vida profético-contemplativa, en medio del mundo consumista, profesar nuestra vida en Cristo en la sobriedad, y en Evangelii Gaudium 198 sentenció: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres”.


40. Creo que este llamado a la sobriedad nos da una luz sobre la bienaventuranza e ilumina el camino hacia la pobreza de espíritu de la que la vida de los santos ha dado testimonio. Si quieres llegar a ser pobre de espíritu, empieza a ser sobrio. San Juan Crisóstomo dice que la sobriedad permite pensamiento claro y corazón purificado bajo el Espíritu Santo, llevando así a las personas a la sabiduría y libertad de espíritu como verdaderos hijos de Dios. La opción por los pobres sigue siendo la opción de la Iglesia, ¿Qué estado de nuestra persona y ministerio nos permitiría alcanzar la vida sobria? ¿De qué cosas que poseemos hoy quisiera liberarnos el Señor? Tal vez podríamos lograr, por misericordia divina, un mayor grado de sabiduría y libertad, pero, hermanos, ¿aún nos interesan la sabiduría y la libertad por el Espíritu Santo?  Tanto un servidor como ustedes, estamos llamados, en medio de nuestras inercias, a luchar por ser sobrios y austeros.


b. El anuncio del Resucitado da esperanza a los más pobres


41. La vida de muchos santos, que a lo largo de la historia se han entregado al acompañamiento de los pobres, sufrientes y necesitados, es un testimonio de que la opción por los pobres es fundamental en la Iglesia, aunque sea ardua y requiera una fortaleza especial de parte de Dios. Recordamos a San Francisco de Asís, que quiso hacerse hermano del enfermo y del pobre; a San Vicente de Paúl, párroco que quiso entregarse a los campesinos y necesitados; en Centroamérica al Beato Oscar Arnulfo Romero, asesinado por exigir el cese a la violencia asesina; aquí en México, la Religiosa María de Jesús Sacramentado, verdadera santa enfermera del alma, consagrada al cuidado de los enfermos, y el Padre San José María Yermo y Parres, quien optó por los indigentes, enfermos, ancianos y niños. Más cercanos a nosotros y nuestra realidad, recordemos al Venerable Padre Raymundo Jardón Herrera y a los Siervos de Dios Padre Pablo Cervantes Perusquía y Padre Juan José Hinojosa Cantú, estudiantes de nuestro seminario y miembros de nuestro presbiterio que entregaron su vida por nuestra Iglesia. Ellos nos dan testimonio de que esa fortaleza no es inmediata, pero el Espíritu Santo la concede y la cultiva en quien opta y decide.


42. En momentos de la vida sacerdotal nos preguntamos cómo se puede realizar esa opción; entre las respuestas, unos dicen que mediante la acción; otros, mediante la denuncia; otros, mediante la lucha contra la corrupción o mediante el compromiso social… ¡Las necesidades son tantas y tan variadas! El Papa Francisco ha puesto el acento en la necesidad del desarrollo humano integral: interesarnos y hacernos cargo del desarrollo de todas las dimensiones de la vida de las personas. Es como una actualización de aquel desafío evangélico de parte del Señor para dar de comer a todos aun con la escasez de recursos humanos: ayudar al ser humano a cumplir la vocación más profunda a la santidad, en la vocación específica, en medio del mundo, desarrollando las buenas potencialidades recibidas, asumiendo la responsabilidad del bien común e individual, por el camino de la verdad y la justicia, bajo la luz del Espíritu Santo.


43. En los últimos años, hemos tratado de atender y de dar presencia y voz en nuestro pueblo y sociedad a los hermanos indigentes, a los migrantes, a los jóvenes en las calles, a los enfermos y a los hermanos mayores. Hay muchas personas que se han sumado para conocer la realidad de muchos de ellos y han querido responder con ganas de aprender y de dar ayuda. Creo que aún nos falta mucho conocimiento y conciencia de la realidad de las periferias físicas y existenciales de nuestra sociedad. Reconocemos que estamos lejos de un conocimiento claro y de una respuesta justa, aún existen hermanos que no sólo desconocen, sino que incluso extienden el velo de la crítica injusta a los pobres y a quienes trabajan por y con ellos. Monterrey tiene la imagen de una sociedad rica y opulenta, pero sabemos que en nuestra metrópoli hay multitudes que carecen de lo necesario y muchos viven en extrema pobreza.


44. El primer paso del compromiso con los pobres es la lucha por la justicia. Velar para que en nuestra sociedad los tratos, las relaciones, los acuerdos, las leyes, los intercambios, los contratos sean justos. Ser conscientes de que la pobreza material, humana y espiritual tiene su origen en una injusticia en cualquiera de sus formas y que toda acción injusta que cometemos está “produciendo” personas pobres o las empuja más al fondo y aumenta más la distancia entre quienes tienen oportunidad de desarrollo humano y quienes no lo tienen.


45. Pero el Evangelio nos invita no solo a una justicia legal, sino a ir más allá: nos invita a la sabiduría que solo el Espíritu Santo puede cultivar en los seres humanos y por la cual podemos reconocer la dignidad de las personas y nos inspira a responder de la manera más justa posible a ella. Así, deseo que nuestras parroquias e instituciones brillen por su transparencia en el manejo de sus recursos y por la justicia en nuestros acuerdos comunitarios; que nuestro ministerio brille por ser noble, bueno y justo; que seamos personas comprometidas con los pobres, comprometiéndonos con la justicia en todas sus formas.


46. No es casualidad que nuestro Plan de Pastoral tenga como núcleos de atención: la persona y la familia, la comunidad y la ciudadanía, la pobreza y la solidaridad. El pueblo de Dios está llamado a ser fiel a la alianza en Cristo y lo será si parte del amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo, atendiendo la fragilidad, la necesidad y pobreza en las hijas e hijos de Dios. La Iglesia de nuestro tiempo está llamada a “salir” partiendo de su propio encuentro con Cristo; a encontrarse con el hermano necesitado con una fe grandísima en el amor de Dios, para compartir el consuelo, para crecer junto con él y cultivar la esperanza que el Espíritu Santo ha puesto en el corazón de todo bautizado. Salimos con el corazón hermano para decirle: “tú eres uno de nosotros”.


47. Estos núcleos de atención son solo luces que nos ayudan a enfocar la mirada entre tantas cosas que hay que hacer; son luces que nos recuerdan la labor de la Iglesia en salida en nuestra sociedad. Si los pobres nos son atendidos, ¿qué pueblo somos? Si en los corazones no hay solidaridad, ¿qué somos? La solidaridad requiere encuentro y éste requiere comunicación. Así lo propone Evangelii Gaudium con la esperanza de que si crecemos en comunicación, aumentan las probabilidades de que sucedan verdaderos encuentros entre nosotros. Y en este encuentro sincero podamos compartir la fortaleza y la fragilidad, el don y la necesidad. Y compartiendo, demos lugar a la solidaridad fraterna basada en la caridad. Hermanos, nosotros, como ministros del Señor Jesús, somos quienes tenemos que alentar al pueblo a atender la fragilidad y la pobreza; es una opción que hemos de realizar todos, recordando que no los atenderemos solos pues ¡el Señor multiplicará lo que sea necesario!


c. Los jóvenes en el corazón del Resucitado


48. No puedo dejar de decir una palabra acerca de la otra opción de la Iglesia latinoamericana: los jóvenes. En realidad, debemos entender: niños, adolescentes y jóvenes. Ellos aún son la mayoría de la población de nuestra sociedad; son sujetos llenos de ideas, valores y fortalezas específicas. Muchos transpiran vitalidad y fortaleza y son capaces de tomar las riendas de no sencillas responsabilidades, cada uno en la etapa de su vida correspondiente.


49. El Magisterio latinoamericano desde hace años ha venido trabajando la conciencia de la importancia de niños, adolescentes y jóvenes. El documento de Medellín reconocía en ellos a la Iglesia con ímpetu de vida y de renovación; llamó a reconocer su carisma profético y su capacidad para transformar la sociedad; llamó a trabajar con ellos para ayudarles a desarrollar su compromiso temporal desde la fe en Cristo, ayudándolos a asumirla desde sus propios recursos personales y con pobreza de espíritu; lanzó el desafío del diálogo con los jóvenes para escuchar sus inquietudes y responder con humildad en un discernimiento sin ingenuidades, ayudándonos mutuamente a cumplir una tarea evangelizadora pobre, misionera y audazmente pascual. 


50. El documento de Puebla recogió el rostro de los jóvenes desorientados y frustrados en medio del mundo que les ofrece tantas posibilidades de entretenimiento, pero no muchas de profundo desarrollo humano integral. El mismo documento reconoció un rasgo juvenil, retomado por el Papa Francisco en su visita a México: “los pobres y los jóvenes son la riqueza y la esperanza de la Iglesia en América Latina y su evangelización es prioritaria” (DP 1132). Invitó a la Iglesia a reconocer la complejidad de las sociedades actuales y la variedad de contextos existenciales en los que viven las personas, entre ellos los jóvenes, a quienes necesitamos ofrecer opciones pastorales que respondan a estos diversos contextos.


51. El documento de Aparecida llamó a atender la sensibilidad del joven para responder al llamado de Jesús como discípulos misioneros y la importancia de este llamado para el presente y futuro de la Iglesia. Ellos son “centinelas del mañana”, con un compromiso en la renovación del mundo según los valores del Reino de Dios. Así, Aparecida invitó a renovar la atención a los jóvenes de manera eficaz y realista.


52. El Papa Francisco ha convocado al Sínodo de los Obispos para reflexionar sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Es un signo elocuente de su preocupación por esta opción en la Iglesia universal. La pastoral juvenil latinoamericana, tiene años trabajando para promover respuestas pastorales a los jóvenes de nuestro tiempo; para ello ha realizado el Proyecto y Misión Joven. En este se propone un momento de revitalización del corazón pastoral hacia y con los jóvenes: fascinar, escuchar, discernir y convertirse son las etapas de esta revitalización.


53. Hermanos, es necesario renovar nuestra opción y compromiso por niños, adolescentes y jóvenes; ellos esperan de sus pastores propuestas concretas y acciones eficaces desde la fe en Cristo. Ellos están y dedican sus fuerzas a quienes los escuchan y comprenden, a quienes cultivan sus símbolos y participan con ellos. Estoy consciente de que en nuestras comunidades parroquiales hay muchas necesidades, unas urgentes y otras importantes,  pero las necesidades más importantes son los pobres y los jóvenes. La Iglesia latinoamericana tiene décadas discerniendo y esta afirmación es uno de sus frutos. Quiero exhortarlos a todos, hermanos sacerdotes, especialmente a los párrocos, a tomar la atención a niños, adolescentes y jóvenes como una opción pastoral clara en nuestras parroquias. Los sacerdotes deben ser pacientes y comprensivos con ellos, no exigiéndoles lo que por su etapa de vida no pueden ser y hacer. Necesitan de nuestra cercanía y por eso los espacios de la parroquia deben estar siempre abiertos a ellos. Los frutos de una sana pastoral juvenil no son materiales, son espirituales; y esos frutos son capaces de renovar a una comunidad, incluso son capaces de renovar el corazón de un presbítero.


54. La reflexión sobre la opción preferencial por los jóvenes me lleva a comentar también con ustedes el tema vocacional, específicamente sacerdotal. Ustedes saben que en todo el mundo la Iglesia sufre por una caída en el número de jóvenes que quieren responder al llamado del Señor en la vida consagrada y en el ministerio sacerdotal. Nuestra diócesis no es la excepción. Agradezco al Señor por ustedes que han respondido “sí” a su llamado; le agradezco también por los jóvenes que valientemente cultivan su llamado en el seminario y casas de formación religiosa; levanto mi oración por todos ustedes. Sin embargo, es necesario asumir el desafío de atender las vocaciones que el Señor siembra en nuestras familias.


55. El Papa Francisco puso el dedo en la herida en su visita a Colombia: aquello de que no hay tantas vocaciones de especial consagración es un cuento chino. Esto nos lleva a reflexionar que no es verdad que el Señor Jesús deje de llamar obreros a su mies; que es verdad que las crisis mundanas ponen en crisis a las familias y los jóvenes en ellas sufren desorientaciones y frustraciones que hieren su corazón y obstaculizan su respuesta y desarrollo vocacional y que, por ello, un punto nodal del problema es nuestra capacidad de acompañar la semilla vocacional sembrada en los jóvenes de hoy.


56. Consciente de que no se trata de “llenar” el seminario, sino de que  necesitamos actualizarnos en el acompañamiento vocacional, quiero exhortarlos a todos a presentar el llamado a la vida consagrada y a la vida sacerdotal con clara alegría. En el encuentro con los jóvenes, ellos mismos nos dicen que necesitan escuchar con claridad qué es esa vocación y en qué consiste la consagración de la vida; quieren ver el testimonio de cómo es la consagración y escuchar cómo Jesús la siembra, la cultiva y la desarrolla en la vida práctica de los llamados. Aprovechemos cada encuentro para hablar con claridad y para responder sus preguntas e inquietudes. Mantengo constante comunicación con el Centro Vocacional y con el Seminario para ofrecer a todo sacerdote las herramientas necesarias para el acompañamiento vocacional y acoger a las chicas y chicos que tienen inquietudes vocacionales.

VI. “Padre santo cuídalos en tu Nombre -el Nombre que tú me diste- para que sean uno, como nosotros”. La vida pastoral en comunión


57. Como lo apuntaba en el mensaje que les compartí acerca de la pastoral en las metrópolis, las necesidades pastorales en las grandes concentraciones de personas, como lo es nuestra sociedad, crecen de manera exponencial. Según los datos del Censo 2010, el área metropolitana de Monterrey contaba con 4,437,643 habitantes, para las fechas presentes probablemente seamos cinco millones y la proyección es que vaya en aumento. Ustedes han sido testigos de que nos hemos visto en la necesidad de erigir nuevas parroquias para poder atender sectores nuevos de población, incluso con grandes necesidades, en condiciones difíciles y fuertes exigencias circunstanciales para nuestros presbíteros. A ellos agradezco su disposición para estas misiones, así como a las personas que han aportado conocimiento, tiempo, recursos materiales y económicos para la construcción de templos y centros comunitarios.


58. El aumento de la población y la insuficiencia de obreros para el trabajo en la mies ha hecho que para los presbíteros sea difícil responder al mar de exigencias y necesidades de sus comunidades, pues la mayoría de nuestras parroquias cuenta sólo con un presbítero, ya sea párroco o administrador parroquial. La principal tarea de la Iglesia es la evangelización, pero somos conscientes de que esta necesita una estructura pastoral que dé sustentabilidad a la misión; muchos de ustedes, hermanos, se ven envueltos en una multiplicidad de tareas dedicadas a conseguir una sustentabilidad administrativa estable, la cual no sólo depende del presbítero, sino también de la comunidad.


59. Hermanos, necesitamos un encuentro comunitario propicio para conocer las realidades parroquiales y sus necesidades de sustentabilidad administrativa y para encontrar caminos de solidaridad intraeclesial, tanto en recursos y medios discipulares y misioneros, como en recursos y medios materiales. Dar sustentabilidad a nuestra misión eclesial requiere de comunicación sincera, encuentro fraterno y solidaridad pastoral. El camino hacia una renovación de la Iglesia incluye la renovación de nuestras parroquias y otras instituciones pastorales de manera que la tarea evangelizadora pueda ser realizada con los fieles laicos, con los consejos parroquiales, con los consagrados (hombres y mujeres) y con los diáconos y no sintamos que la carga la llevamos solos. 


60. Esto requiere de una colaboración muy estrecha, de personas que sepan y estén dispuestas a colaborar, a trabajar junto con los demás. Hoy por hoy, la misión requiere de la comunión y estrecha colaboración de todos los agentes de pastoral, teniendo a los pastores como personas de Dios que saben convocar, guiar, inspirar, provocar la participación de todos y resistir y sufrir el peso de una comunidad viva. La solidaridad no puede ser solo declarada, sino inspirada y provocada ¿Qué podemos hacer para ayudar a las comunidades en necesidad? ¿Qué estás dispuesto a ofrecer para que la solidaridad tenga lugar en nuestra Iglesia? ¿Qué puedo ofrecer yo para que la solidaridad sea convertida en caridad cristiana?


61. Las exigencias de nuestro tiempo han llevado a nuestra Iglesia a responder a los deberes ciudadanos como quien vive en un estado de derechos y obligaciones, como institución pública, bajo el rubro de asociación religiosa. Hemos conocido el camino de la relación de la Iglesia como institución con el Estado Mexicano. Somos regidos por la Constitución Mexicana, bajo un derecho en su marco federal y estatal y bajo una normativa reglamentaria que es necesario conocer, comprender y aceptar. No ciegamente, sino siempre en constante diálogo con las autoridades tratando de clarificar la propia identidad como Iglesia que quiere responder al bien común, bajo una normativa justa. Parte de esta búsqueda del bien común son las obligaciones administrativas ante el Servicio de Administración Tributaria y todas las exigencias contables a las que debemos responder.


62. Pero también lo son todas las otras leyes que brotan del derecho civil como la de educación, la electoral, y la protección al menor. Responder a estas exigencias es todo un desafío que implica el diálogo con la autoridad civil y mucha paciencia de parte de todos. Necesitamos, buscar un sistema administrativo que responda a estas exigencias tributarias y que permita realizar nuestra misión eclesial. Lo mismo para las relaciones laborales con las personas que colaboran en nuestras parroquias e instituciones, las cuales deben ser justas y legales.


63. En este punto, quiero decirles que nos acercaremos a las parroquias para caminar juntos en la búsqueda de las mejores propuestas, conociendo la realidad de las parroquias y comunidades y escuchando a los responsables de ellas. Exhorto a todos a interesarnos por estas leyes, a buscar la ayuda de personas competentes que nos ayuden a responder a estas exigencias y a mantener la unidad eclesial para bien de la evangelización y el bien común en la sociedad. Mantengamos la actitud de diálogo y colaboración con las autoridades civiles con la relación justa para bien del pueblo que queremos servir. Nunca nos someteremos por intereses muy personales para recibir algún favor material. 


VII. “Ellos han reconocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me enviaste”.  La revitalización del don recibido


64. El Papa San Juan Pablo II, siguiendo con el momento eclesial emanado del Concilio Vaticano II y continuando la obra de sus predecesores, invitó a toda la Iglesia a asumir la misión de una nueva evangelización: nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión. Una misión que Benedicto XVI continuó con la creación de un Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización y que la Conferencia Episcopal Latinoamericana hizo suya en Aparecida, convocando a toda la Iglesia de América Latina a una “misión continental” que invitara a todas las personas al encuentro con Cristo y a nuestra identidad creyente como discípulos misioneros. El Papa Francisco nos ha llamado a laborar en la nueva evangelización como una Iglesia de puertas abiertas y en salida. La Iglesia sufre dolores de parto para responder a este momento histórico, en el que la mentalidad general del ser humano en el mundo occidental ha dejado de ser cristiana.


65. En este contexto, hermanos, creo que el mensaje de la Sagrada Escritura ilumina nuestro corazón de pastores. Recordemos y meditemos las sabias palabras que San Pablo dice a Timoteo: “Te recuerdo que reavives el fuego del don que hay en ti por la imposición de mis manos”. (2Tim 1,6). Somos seres humanos frágiles, pero hombres de fe y redimidos por la sangre de Cristo, fortalecidos con los dones del Espíritu. En esta humildad necesitamos reavivar el don que llevamos en vasijas de barro. Quiero proponerles meditar algunos puntos acerca de esta invitación paulina. 


66. El primero es considerar que nuestra vida y ministerio son un don. Recordamos al mismo San Pablo al meditar sobre el llamado a ser servidores de Cristo y administradores de sus misterios: “¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios?” (1Cor 4,7). Es verdad, todo lo hemos recibido de Dios, todo es un don divino signado por el esfuerzo humano. Los talentos que Dios pone en cada una de sus hijas e hijos deben ser desarrollados, cultivados para dar la cosecha madura y sabrosa, la forma perfecta, la forma sutil, el fruto bello que permanece. En el Evangelio, el ser humano que recibe talentos es llevado a un momento de evaluación cuando el Señor pide cuentas de lo que le entregó, así aparece en las parábolas y en el día del juicio. Dicha renovación del don recibido necesita estos momentos en los que no solo respondemos ante los demás, ante nuestros superiores o ante nosotros mismos, sino ante el mismo Señor Jesús que nos entregó el don del sacerdocio para lograr un fruto maduro, sabroso, nutriente, bello y permanente.


67. No se trata de juicios sumarios ni punitivos, mucho menos amenazantes, sino de una presencia sincera de uno mismo ante la mirada misericordiosa del Señor, reveladora de gracia, pero también de responsabilidad, de perdón y de exigencia para crecer. El ministerio es don y tarea; es decir, tenemos la responsabilidad de cultivar el don para lograr el fruto esperado por el Señor, muy lejos de nuestros conformismos, indiferencias y mediocridades. ¿Cómo podríamos tener momentos favorables para esta evaluación en el amor?


68. Estos momentos nos permiten reconocer que hemos sido llamados y la vida vocacional tiene su origen en la misericordia de Dios; toda la vida del sacerdote es una historia de misericordia de Dios para él y para su pueblo. Nuestra tarea es profundamente comunitaria: si somos enviados, necesitamos mantenernos en comunión con quien nos envió y con las mediaciones que él mismo ha inspirado para realizar la vocación de cada uno en la vida sacerdotal.


69. Estas mediaciones incluyen la vida de oración, cuyos frutos se revelan en la caridad pastoral que cada uno vive, y las relaciones afectivas sanas con todos los miembros del pueblo de Dios. En estas relaciones con Dios y con los otros, es fundamental la apertura y disposición de toda nuestra persona para hacer brillar la presencia de Cristo. Están incluidas la relación con el pueblo y con todos los hermanos sacerdotes: el obispo diocesano, los obispos auxiliares y los demás presbíteros. Estas relaciones, como toda relación humana, necesitan ser cuidadas, fortalecidas y, muchas veces, sanadas y renovadas. 


70. En relación con un servidor, su obispo diocesano, es normal que durante el camino puedan existir ánimos y entusiasmos, pero también distancias, diferencias de pensamiento e incluso desacuerdos. Hermanos, esto es parte de nuestra humanidad, de nuestra lucha por ser fieles al Señor y de la conversión de todos nosotros; no podemos renunciar al esfuerzo para lograr una mejor comunicación, cercanía y colaboración entre nosotros. Puede haber diferencia de pensamiento, puntos de vista y propuestas, pero la caridad de Cristo nos urge. No podemos permitir la distancia de los corazones y el enfriamiento en nuestras relaciones como discípulos y misioneros, como presbíteros y pastores, como hermanos y siervos. Refrendo mi disposición para caminar juntos, con cada uno, y estrechar nuestros brazos y asumir los desafíos del camino de perfección hacia Dios.


71. Parte importante de la comunión con su servidor es el interés por el camino pastoral de nuestra Iglesia diocesana. Sin tratarlo de manera punitiva, me preocupa que algunos hermanos no se interesen por las reuniones de decanato, de zona o de presbiterio, ni por las asambleas eclesiales, tampoco por el plan de pastoral; algunos otros no están al corriente de los informes parroquiales o de la situación administrativa … es un tema en el que hay opiniones variadas, pero necesitamos asumir juntos estas responsabilidades. Primero es la comunión eclesial y luego el dinero. Quiero que nos encontremos, que nos escuchemos y que, bajo el manto de María, nos fortalezcamos.


72. En relación con el presbiterio. Somos llamados a ejercer el don recibido en un presbiterio concreto, en comunidad presbiteral compuesta tanto por sacerdotes religiosos como por sacerdotes diocesanos. En un momento de la historia, las parroquias y las comunidades eran entregadas al párroco o superior y todo, absolutamente todo, quedaba a merced de la voluntad del mismo. En nuestros tiempos ya no debe ser así, pues la evangelización no es voluntad absolutamente nuestra, por ello no queda a voluntad absoluta del obispo, párroco o superior. Los sacerdotes somos llamados a ejercer el ministerio como hermanos y colaboradores. Hermanos en la fe y el ministerio, compartiendo la vida y el trabajo.


73. Al llamarnos hermanos, asumimos lo que significa ser hermano en una familia: los hermanos no son elegidos, nos son regalados.  Es una diferencia con las amistades, las cuales sí son elegidas. Cada sacerdote es un hermano y no podemos ser indiferentes a él, mucho menos negarlo, relegarlo, clasificarlo y etiquetarlo o abandonarlo. Los hermanos sacerdotes son enviados por Cristo para ti, para nosotros y, al enviárnoslos, somos responsables, corresponsables de cada uno. 


74. Es verdad que cada uno es diferente, con sus luces y sus sombras, con sus etapas en la madurez y momentos de gloria y pena; es verdad también que, en ocasiones, los recursos materiales de una parroquia o comunidad no son suficientes para la manutención de dos o más presbíteros, pero la relación entre párrocos y vicarios siempre será un desafío que requiere personas maduras. El párroco recibe esa responsabilidad porque el obispo reconoció cierta madurez en él, que también debe tener el vicario, para que juntos puedan formar una comunidad presbiteral, capaz de dar testimonio de unidad y fraternidad.


75. En el camino encontramos sacerdotes que reniegan de sus hermanos, que expresamente no los aceptan o los abandonan en la práctica, a veces vierten comentarios hirientes y no están dispuestos a vivir con ellos, mucho menos a hacerse cargo de ellos. Pero estoy seguro que en el don del sacramento hay un germen espiritual para cultivar la relación entre nosotros. Quiero exhortarlos a todos, a cultivar este germen, esta fraternidad sacramental; ahí lo tienes en tu corazón, por más que alguien lo niegue.


76. La Madre Iglesia te pide que te hagas cargo de algunos de sus hijos, hermanos tuyos; algunos difíciles, otros muchos virtuosos. Hemos de aceptar que un día el Señor nos preguntará: ¿Dónde está tu hermano? En otro día preguntaremos nosotros: ¿Cuándo te vimos? Y Él responderá: Cuando la Iglesia te encomendó que te hicieras cargo de… Hermanos, creo que para estar a la altura de los tiempos necesitamos hacer una opción más: el hermano sacerdote.


77. En relación al pueblo. La evangelización es tarea de todo el pueblo y los fieles laicos también tienen sus obligaciones y derechos en esta misión. Somos hermanos con nuestros fieles y con todos los seres humanos. Ya quedaron atrás los tiempos en los que ministros de la Iglesia se sentían, se interpretaban y se comportaban como príncipes; ya no debe ser así, nunca debió serlo. Nuestros fieles son personas tan dignas como cualquier ministro y, en muchas dimensiones de la vida social, mejor preparadas que nosotros; si ellos aplicaran sus estándares de calidad en el servicio a muchos de nosotros, tal vez saldríamos muy bajos en comparación al desempeño que le es exigido en sus empleos.


78. Entonces, ¿cuál es el valor del don que nosotros hemos recibido de parte del Señor? Si nuestra tarea principal es la evangelización y ayudar a que los seres humanos se encuentren con Jesús, mediante el testimonio de vida en el triple ministerio, destinado al servicio del sacerdocio común de los fieles. Esta tarea, en nuestro tiempo, requiere enfocarnos en que el mensaje del Señor sea comprensible, relevante, liberador y esperanzador, lo cual requiere de todas nuestras competencias humanas, iluminadas por la luz del Espíritu. 


79. Necesitamos reconocer que, en general, el pueblo de Dios tiene gran estima por sus sacerdotes, sobre todo cuando su vida es sincera, fiel y entregada a su ministerio. Pero también necesitamos reconocer que aún tenemos actitudes por mejorar, otras por dejar y otras por desarrollar. Hermanos, el pueblo ya no está dispuesto a tolerar rabietas, regaños, oscuridades en el manejo de los recursos materiales, actitudes de mente o corazón cerrado, caprichos, maltratos y actitudes de superioridad o poder sobre los demás. Creo que, como comunidad sacerdotal, conservamos la noble intención de servir al pueblo de Dios, pero es verdad que algunos hemos descuidado nuestro desarrollo humano, nos falta cuidar la salud física, mental y espiritual.


80. Ese descuido se manifiesta en nuestras enfermedades físicas, mentales y espirituales que el pueblo, quienes viven a nuestro alrededor, notan inmediatamente. Todos tenemos momentos de cansancio y de falta de disposición y el pueblo, en general, aprecia, entiende y cuida a sus sacerdotes, pero no podemos hacerles sufrir las consecuencias de nuestros descuidos y enfermedades, mucho menos si fueran provocadas. Es necesario que quienes manifiesten estos rasgos busquen la ayuda necesaria. Soy el primer responsable en otorgársela y de buscar medidas de prevención. Evitemos que nuestras enfermedades nos lleven al momento de ya no estar capacitados para asumir una responsabilidad o una comunidad, lo cual es doloroso para toda la Iglesia. 


81. Quiero también decir una palabra acerca de la colaboración de nuestros hermanos laicos en la tarea evangelizadora y las necesidades administrativas de nuestras parroquias y comunidades. Como lo comentábamos, la tarea es de todo el pueblo de Dios y para desarrollarla, cada uno desde su propio llamado de parte del Padre, debe colaborar. Necesitamos la conciencia de cada agente pastoral y administrativo, de su delicadeza y sus necesarias competencias espirituales, pastorales y administrativas, aun más si se ejerce un servicio de autoridad. Esto que digo en relación a los fieles laicos, lo refiero también a las hermanas consagradas, a quienes debo respeto y gratitud. 


82. Ayudemos a los hermanos laicos a entender su vocación en el mundo y su servicio a la comunidad eclesial. Su servicio concreto (como el ser catequista, ministro extraordinario de la comunión, administradores, auxiliares de la pastoral…) no es un derecho que puedan exigir para sí mismos, salvo los derechos de las relaciones laborales, sino que deben ser llamados por la autoridad legítima (párrocos o administradores). Es la autoridad quien asume la responsabilidad de discernir para elegir, entre la comunidad eclesial, las personas que, por sus cualidades espirituales, pastorales y administrativas, así como su testimonio de vida, sean aptas para desempeñar las funciones directivas en alguna dimensión de la evangelización. 


83. También necesitamos nosotros, hermanos, velar para que las relaciones interpersonales y afectivas con los colaboradores más cercanos no afecten la calidad de nuestra misión. Me refiero específicamente a no delegar lo que es responsabilidad del párroco o administrador en hermanos laicos que, en ocasiones, aparecen como “párrocas”, “matrimonio administrador”, “asistentes personales”, “secretarias o secretarios personales”… además de que, en este punto, a veces estas relaciones se convierten en insanas, sobre la base de que inician con buen corazón y esperanza. 


84. Lo mismo sucede cuando algunas personas ajenas a la vida sacerdotal ocupan, conviven o usan las áreas que deben ser reservadas para la convivencia estrictamente sacerdotal, como lo son los pisos, niveles, salas, pasillos y las habitaciones de las casas parroquiales, a las cuales no pueden tener acceso más que los hermanos en el ministerio sagrado, familiares o personal que atiende la casa (los cuales no deben ser más que una o dos personas).


85. Recordemos que las casas parroquiales y residencias sacerdotales son áreas reservadas y que los responsables deben poner especial atención en quienes ingresen eventualmente en ellas. Queda claro también que los familiares o amistades entienden cómo debe ser la disciplina sacerdotal en cuanto a estos menesteres, pero es necesario que nosotros también lo recordemos a la comunidad y que cuidemos el orden que debemos llevar en nuestras casas parroquiales y residencias sacerdotales.


86. San Pablo nos invita a la renovación del don. En el contexto del próximo Sínodo de los Obispos, convocado por el Papa Francisco con el tema “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, recordamos una expresión inspirada en el empuje que San Juan Pablo II dio a la juventud en el contexto de la nueva evangelización y tomada por la pastoral juvenil latinoamericana: la revitalización de la pastoral. Este concepto de revitalizar transporta nuestra memoria hacia el encuentro de Jesús: su gracia llenó de fuerza sanadora a muchas personas que ya sentían desfallecer, incluso devolvió la vida a la hija de Jairo y a su amigo Lázaro.


87. Muchos daban testimonio de que tocando al Señor se experimentaba una fuerza sanadora. El encuentro de Tomás con Jesús resucitado nos revela que esa sanación tiene gran relación con la fe en el mismo Señor Jesús. Traigo a colación a Tomás Apóstol por ser un testigo “oficial” del Señor. Tomás era uno de sus discípulos, pero es llamado por el mismo Señor a “tocarlo”, a tener una fe cierta, segura, abiertamente entregada al Señor. ¿Cómo revitalizar el corazón de un sacerdote, testigo oficial del Señor?¿Habrá alguien entre nosotros, hermanos, que piense que no necesita tocar al Señor?


88. La memoria que pide San Pablo es recordar que debemos renovar el don. Recordamos a Santa Teresa de Calcuta que ante la pregunta ¿cuándo decidió entregar su vida a Cristo? respondió, luego de unos segundos de silencio: “Hoy mismo”. Una discípula santa nos ilumina en nuestra necesidad y nuestra memoria: cada día es necesaria la renovación. El tocar al Señor ha de ser un imperativo para todo aquel que quiera mantener el entusiasmo y la entrega de la vida en el amor. Por ello quiero invitarlos a entrar en un momento de revitalización de nuestro corazón presbiteral.


89. Ojalá no caigamos en los pensamientos mundanos que nos invitan a ser valorados, a ser reconocidos. En ocasiones, asumimos el criterio del escalafón y pensamos que debemos ir subiendo en la escalera del prestigio, del poder o del dinero. Somos sacerdotes para servir a todos y, por ello, en cualquier parroquia o labor pastoral podemos desarrollar nuestro ministerio con humildad y dedicación, tratando siempre de servir lo mejor posible a nuestros hermanos, en especial a los más pobres. 


90. Con toda humildad hemos de estar dispuestos a buscar y recibir la ayuda que cada uno necesita para esta revitalización. Hemos de agradecer el don de la fe y pedir al Señor la fe que nos falta. Hemos de afirmar categóricamente nuestra fe en su presencia amorosa y llena de cariño. Hemos de buscar la manera de volver a entusiasmarnos en la tarea evangelizadora y pedir y cultivar la fortaleza en la caridad. ¿Cuál es la dimensión de tu vida que necesita ser revitalizada? ¿Cuál es la dimensión pastoral que en ti necesita ser resignificada? ¿Quieres ser sanado y fortalecido por el Señor? ¿Cuándo tomarás la decisión de buscar la mediación necesaria y entrarás en acción? Si no es ahora, ¿cuándo?


VIII. Agradecimiento


91. Al terminar estas letras, el primer sentimiento que viene a mí es el agradecimiento a Dios por cada uno de ustedes, como necesarios colaboradores en la construcción del Reino de Dios en nuestra diócesis. Es Él quien los ha llamado y ustedes han dado un sí contundente y se han esforzado por ser fieles a este sí y a este llamado; quiero expresarles mi agradecimiento sincero por todas las cargas pastorales que han tomado a su espalda. Los encomiendo al Sagrado Corazón de Jesús, quien siente y comprende el corazón de un pastor, el corazón de sus pastores.


92. También quiero agradecerle a nuestra madre santísima, María. Ella ha sido quien ha tomado nuestra vocación en sus manos. Así como, en compañía de San José, educó a Jesús desde pequeño; así como le enseñó a orar y confiarse al Padre; así como le enseñó a ser una persona íntegra y al mismo tiempo abierta a los demás; así puede hacer con nosotros, si nos dejamos acompañar por ella. Te invito a confiarle las vocaciones sacerdotales que van gestándose y esforzarnos en enseñar a nuestros seminaristas a confiarse a ella como madre. Te exhorto a confiarle nuestra labor sacerdotal para que podamos tener los mismos sentimientos del Buen Pastor, que de ella aprendió a amar de forma concreta.


93. Y también a todos ustedes, mis hermanos sacerdotes, debo agradecerles. Gracias por su paciencia para con un servidor, les aseguro que he ido aprendiendo muchas cosas de ustedes y de nuestro pueblo. Estoy seguro que aún quedan muchos momentos por el camino para avanzar y dar gloria a Dios. Espero que estas meditaciones inspiren sus corazones y confío en que los puntos delicados hayan sido tratados con prudencia y justicia, ya que no es mi intención herir a alguno. Son cosas delicadas, pero es necesario tratarlas. Que Dios Padre los bendiga, que el Señor Jesús los fortalezca, que el Espíritu Santo los ilumine. Les pido sus oraciones y su bendición para este servidor suyo.


94. Quisiera invitarte a re-escuchar el deseo que late en tu corazón sacerdotal de una vida unificada, cada día más madura, más santa, que sea capaz de entregarse a su Señor “con todo el corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas” (Dt 6,5). Aún hoy siguen siendo verdad las palabras de Santo Tomás de Aquino que nos recuerdan que la gracia supone la naturaleza y la perfecciona.  Para que la gracia actúe en el hombre de modo ordinario necesita confluir con el trabajo que hace el hombre sobre sí mismo, esta obra sobre la propia persona para el cristiano no brota de una búsqueda narcisista de perfeccionismo sino del deseo de responder al amor que se nos ha manifestado en Cristo y que “se hace carne” en el contacto fraterno y pastoral con el hermano. Que nuestra madre santísima, la Virgen del Roble, patrona de nuestra Arquidiócesis, nos cubra con su manto. Que nos ayude a ser fieles a nuestro ministerio. Muchas gracias.


Dado en la Sede del Arzobispado de Monterrey, el Jueves Santo, 29 de marzo, del año del Señor 2018.