Documentos

Busqueda de Documentos

Documentos-Arquidiócesis
Arquidiócesis Logotipo para Documentos
Prot. No. 943/2017
31 de Diciembre de 2017

Instrucción Pastoral

+ ROGELIO CABRERA LÓPEZ
Arzobispo de Monterrey


INSTRUCCIÓN PASTORAL
La belleza del matrimonio cristiano: su preparación y celebración


A todo el pueblo de Dios que conforma la Iglesia de Monterrey 
y a todas las personas de buena voluntad.

Que la alegría, el amor y la paz que nos trae el nacimiento del Salvador continúe llenando sus corazones y su luz nos siga guiando en nuestro caminar.

Para poder comprender mejor el designio de Dios para los matrimonios cristianos es necesario tener presente el relato más sugestivo para apreciar la la dignidad y belleza de dicho sacramento: Las bodas de Caná (Jn 2, 1-12)

«Al tercer día hubo una boda en Caná de Galilea…» (2,1), con estas palabras inicia uno de los episodios más bellos y profundos del ministerio público de Jesucristo, nuestro Señor. La nota temporal que abre el relato sugiere que «algo nuevo» está por realizarse, se trata sin duda de una nota pascual introducida por la referencia a un «tercer día» (cf. 2,19), que anuncia una transformación sustancial que pondrá de manifiesto la «gloria de Jesús» (2,12), mencionada al final del relato.  Así, dentro de un ambiente pascual se realiza una boda, en la que están presentes, no sólo Jesús, también se encuentran su Madre y sus discípulos (cf. 2,1-2), que serán, respectivamente, agentes y testigos de su intervención a favor de aquellos novios. El desarrollo del suceso, conocido por todos, tiene algunas notas fundamentales que deseo subrayar brevemente, para orientar nuestra reflexión sobre la celebración del sacramento del Matrimonio en la Iglesia, su preparación previa y la misión de la Iglesia, como Madre y discípula.  

«Había allí seis tinajas de piedra que servían para la purificación de los judíos…» (2,6), con esta indicación el Evangelio de Juan nos señala que la acción transformadora de Jesús se inserta en una realidad antigua, en una tradición que tiene un pasado; pero, al mismo tiempo, se trata de una realidad que se supone y que a la vez dará paso a la novedad. Así el relato nos enseña que el signo de Jesús se realiza sobre una historia concreta, y al mismo tiempo la trasciende por su intervención. De la misma manera el Matrimonio supone una historia ya vivida, que en la celebración sacramental será transformada en una relación nueva. A este signo realizado por Jesús en Caná de Galilea se le llama el «primero de los signos» (cf. 2,11), y pienso que no solamente porque será el primero que nos narra San Juan, sino porque representa el modelo de las acciones que realizará el Señor Jesús. La intervención de Cristo es, sobre todo, una transformación que, como hemos dicho, no parte de la nada, sino que se inserta en una historia – las purificaciones de los judíos (cf. 2,6) – que prepara la novedad, que precede la llegada del «vino mejor» (2,10).  Tanto la referencia a su Resurrección como a su Gloria nos confirman que mediante la intervención de Jesús aquella boda, parte de la cotidianeidad del mundo hebreo, es un momento privilegiado para mostrar la naturaleza y los efectos de la obra salvadora de Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios (cf. 20,20-31). 

«Tu has guardado el vino bueno hasta ahora…» (2,10), la constatación del mayordomo es el punto culminante del relato. Su comentario sobre la calidad del vino indica que no sólo Jesús ha resuelto la falta de vino de la boda, sino que ha añadido una realidad inesperada: la bondad y belleza del vino. Esta constatación completa la referencia anterior, porque el resultado no tiene que ver solamente con un cambio de agua y vino, sino con una lógica nueva: «lo has guardado hasta ahora…» (2,10). Así, lo que sucede al final («hasta ahora») es lo que proyecta la boda de aquellos novios a su carácter de «signo de la gloria» (2,11), la tradición antigua ha servido a la manifestación de una acción insólita y desbordante. Este es también el efecto de la gracia divina en los sacramentos; por ejemplo, en el Matrimonio, la historia de amor de unos novios es transformada por la gracia en algo nuevo, en algo bello y bueno: en signo del amor esponsal de Cristo por la Iglesia (cf. Ef 5,25-27).

Considero muy significativo – en vista a nuestra misión como Iglesia – comentar el papel de la «Madre de Jesús», de María de Nazaret. Bien vista, la intervención de María, «no tienen vino» (2,3), no constituye en sí misma una petición a Jesús, sus palabras no piden algo concretamente, como cuando las personas que padecían una enfermedad pedía la salud a Jesús de manera directa (cf. Jn 4,47). Las palabras de María son más bien una constatación, ella simplemente indica que «el vino se ha acabado» (2,3); ¿qué es lo que busca María con esta indicación dirigida a su Hijo? Estoy convencido que el deseo de María es que la fiesta pueda continuar, que la falta de vino no venga a ser causa del final de la boda. Ella es la Madre y a la vez la Sierva - «hagan lo que Él les diga» (2,5) – que con solicitud y atención busca que el gozo y la alegría de la boda continúe, poniendo en las manos de Jesús la situación. De la misma manera pienso que debe actuar la Iglesia, que es Madre: con esmero debe poner en las manos de Jesús las bodas de sus hijos e hijas, debe presentarlos a Él con el deseo de que la alegría y el gozo del día de la boda puedan prolongarse a lo largo de su vida (cf. Plegaria Eucarística). 

Bien sabemos que para este propósito la mediación de la Iglesia – a ejemplo de María – en la preparación previa es fundamental, y dicha mediación debe disponer los elementos para que el signo se realice y la gloria de Dios se manifieste (cf. 2,11), para que la historia pasada de unos novios se transforme por la acción de Cristo en un vino bueno y bello (cf. 2,10).

No hay otro propósito en esta Instrucción pastoral que éste: acompañar a los nuevos esposos a descubrir la belleza del don del amor en el matrimonio, apoyarles en su preparación y vivir con ellos la celebración gozosa del Sacramento.

Hoy el Señor nos está concediendo terminar este año 2017, dedicado, dentro de nuestro Plan Diocesano de Pastoral, a la persona y la familia, y nos disponemos a iniciar, en su Nombre, el año dedicado a la comunidad y la ciudadanía.

A propósito de ello, quiero recordar lo que manifesté en mi IV Carta Pastoral cuando hablaba de los desafíos culturales ad extra (Núcleos de la acción pastoral): “los tres desafíos ad extra que considero deben ser el epicentro de nuestra acción pastoral en cada uno de los tres años de nuestro plan. Les he llamado núcleos, dada su importancia y centralidad. El que cada año asumamos uno de ellos… no significa que al concluir un año ese núcleo ya no será asumido. El proponer un orden y un proceso supone que, al asumir el primero, continuaremos llevando a cabo las acciones programadas de este núcleo, aunque pasemos a plantearnos el siguiente”.

No debemos de olvidar que la persona, primero, y luego la familia, han de estar siempre en el centro de toda nuestra acción pastoral. Así nos lo recuerda el Papa Francisco cuando dice que “el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia” (Amoris Laetitia 31). Así también lo afirmé en mi Carta ya citada: “Este desafío (persona y familia) nos debe llevar a revisar si nuestras estructuras pastorales, horarios, reglas, requisitos y trámites, entre otras cosas, están en verdad al servicio de la persona o más bien son planteados desde un juicio o un prejuicio; o bien, han sido diseñados en el pasado y se identifican con una supuesta cultura católica antigua que en realidad es o fue una respuesta a otro momento de la historia diocesana, pero que hoy más que ayudar estorba en la transmisión de la fe y por tanto caduca (Cf. DA 365). Este desafío nos mueve a ‘intervenir’ misioneramente desde todas las estructuras diocesanas, desde todos los movimientos y comunidades, independientemente de su carisma, desde todas las parroquias y con el apoyo de todos los agentes pastorales. Pero además todos los grupos y áreas pastorales parroquiales, los movimientos y agrupaciones, las comunidades de vida consagrada y sus instituciones, así como toda estructura que vive y se desenvuelve en esta Arquidiócesis, debe asumir como suyo este desafío pastoral de poner a la persona y la familia en las prioridades de su acción pastoral” (Cf. IV Carta Pastoral).

Dada, pues, la importancia de este núcleo, he decidido, sumado a las conclusiones de la Asamblea Eclesial Diocesana del año pasado en que se abordó el tema, y en el espíritu de planear caminando que he planteado, promulgar tres iniciativas que nos ayuden a reforzar este núcleo: 1. La estandarización del proceso de acompañamiento a los novios en la preparación inmediata a su matrimonio (Itinerario Prematrimonial) y en los primeros años de casados; 2. La creación del Consejo Diocesano de Pastoral Familiar; 3.  La celebración de la Fiesta Diocesana de la Familia.

1. Itinerario Prematrimonial

El Papa Francisco, en Amoris Laetitia nos dice que “la compleja realidad social y los desafíos que la familia está llamada a afrontar hoy requieren un compromiso mayor de toda la comunidad cristiana en la preparación de los prometidos al matrimonio. Invito a las comunidades cristianas a reconocer que acompañar el camino de amor de los novios es un bien para ellas mismas. Hay diversas maneras legítimas de organizar la preparación próxima al matrimonio, y cada Iglesia local discernirá lo que sea mejor. Hay que dar prioridad —junto con un renovado anuncio del kerygma— a aquellos contenidos que, comunicados de manera atractiva y cordial, les ayuden a comprometerse en un camino de toda la vida con gran ánimo y liberalidad. Se trata de una suerte de «iniciación» al sacramento del matrimonio que les aporte los elementos necesarios para poder recibirlo con las mejores disposiciones y comenzar con cierta solidez la vida familiar” (206s).

a) Comienza en las oficinas parroquiales, donde toda persona que acude a pedir informes o a solicitar un servicio, ha de tener la primera experiencia de la Iglesia “de puertas abiertas”, con un cambio de lenguaje eliminando términos cómo “trámite”, “requisito”, “costo”; y en donde de manera cordial, se les explica en qué consiste el Itinerario, así como los beneficios de vivirlo (para lo cual, el Departamento de Pastoral Familiar deberá ofrecer una adecuada capacitación al personal de las oficinas parroquiales). Ahí se les toman por única ocasión sus datos a los novios, mismos que servirán para cada uno de los pasos, incluida la Presentación (para superar burocratismos, y hacer más accesible el proceso a los novios, el Departamento de Pastoral Familiar y el de Sistemas están elaborando un sistema sencillo y amigable, que llevará a los novios “de la mano” en cada etapa del proceso). A través del sistema, la coordinación del Itinerario les asigna a los “padrinos” que los acompañarán.

b) FOCCUS

Los primeros padrinos, contactan a los novios y definen, de acuerdo a sus posibilidades y circunstancias, el día y la hora en que se encontrarán en algún espacio de la parroquia más cercana. En un mínimo de 4 y un máximo de 6 sesiones de una hora y media, podrán descubrir, con una herramienta probada y efectiva, cuál es su nivel de conocimiento y confianza mutuas, cuáles son sus puntos de acuerdo y cuáles son sus conflictos actuales, e incluso los que potencialmente se pueden encontrar, y la profundidad de su comunicación. Las sesiones son personalizadas (la pareja de novios solos con sus padrinos), para facilitar la apertura, el diálogo y la confidencialidad.

Al respecto, Amoris Laetitia nos dice: “La preparación de los que ya formalizaron un noviazgo, cuando la comunidad parroquial logra acompañarlos con un buen tiempo de anticipación, también debe darles la posibilidad de reconocer incompatibilidades o riesgos. De este modo se puede llegar a advertir que no es razonable apostar por esa relación, para no exponerse a un fracaso previsible que tendrá consecuencias muy dolorosas. El problema es que el deslumbramiento inicial lleva a tratar de ocultar o de relativizar muchas cosas, se evita discrepar, y así sólo se patean las dificultades para adelante. Los novios deberían ser estimulados y ayudados para que puedan hablar de lo que cada uno espera de un eventual matrimonio, de su modo de entender lo que es el amor y el compromiso, de lo que se desea del otro, del tipo de vida en común que se quisiera proyectar. Estas conversaciones pueden ayudar a ver que en realidad los puntos de contacto son escasos, y que la mera atracción mutua no será suficiente para sostener la unión. Nada es más volátil, precario e imprevisible que el deseo, y nunca hay que alentar una decisión de contraer matrimonio si no se han ahondado otras motivaciones que otorguen a ese compromiso posibilidades reales de estabilidad. En todo caso, si se reconocen con claridad los puntos débiles del otro, es necesario que haya una confianza realista en la posibilidad de ayudarle a desarrollar lo mejor de su persona para contrarrestar el peso de sus fragilidades, con un firme interés en promoverlo como ser humano. Esto implica aceptar con sólida voluntad la posibilidad de afrontar algunas renuncias, momentos difíciles y situaciones conflictivas, y la decisión firme de prepararse para ello. Se deben detectar las señales de peligro que podría tener la relación, para encontrar antes del casamiento recursos que permitan afrontarlas con éxito. Lamentablemente, muchos llegan a las nupcias sin conocerse. Sólo se han distraído juntos, han hecho experiencias juntos, pero no han enfrentado el desafío de mostrarse a sí mismos y de aprender quién es en realidad el otro” (209s).

c) Catequesis prematrimonial

Para este siguiente paso del Itinerario, los novios son atendidos también de manera personalizada, por unos nuevos padrinos, en 8 sesiones semanales (igualmente en el día y hora que se ajuste a sus posibilidades) en las que los padrinos les anuncian el kerygma (tema que abordé en mi II Carta Pastoral), y resuelven las inquietudes que vayan surgiendo de los temas propios de la preparación al matrimonio que los novios estudian y dialogan entre sí a lo largo de la semana que media entre cada sesión. En la última sesión, los padrinos les explican lo referente a la Presentación, y ayudan a los novios a preparar la celebración de su matrimonio sacramental. A esta experiencia la hemos llamado “CreeSiendo en el Amor”, la cual sustituirá tanto en el lenguaje como en la práctica, las tradicionales pláticas prematrimoniales. Algunas experiencias similares (previa autorización del Departamento de Pastoral Familiar y ratificación de un servidor), podrán ser reconocidas como equivalentes.

Sobre el particular, encontramos en Amoris Laetitia que “conviene encontrar además las maneras, a través de las familias misioneras, de las propias familias de los novios y de diversos recursos pastorales, de ofrecer una preparación remota que haga madurar el amor que se tienen, con un acompañamiento cercano y testimonial. Suelen ser muy útiles los grupos de novios y las ofertas de charlas opcionales sobre una variedad de temas que interesan realmente a los jóvenes. No obstante, son indispensables algunos momentos personalizados, porque el principal objetivo es ayudar a cada uno para que aprenda a amar a esta persona concreta con la que pretende compartir toda la vida. Aprender a amar a alguien no es algo que se improvisa ni puede ser el objetivo de un breve curso previo a la celebración del matrimonio. En ese sentido, todas las acciones pastorales tendientes a ayudar a los matrimonios a crecer en el amor y a vivir el Evangelio en la familia, son una ayuda inestimable” (208).

Entiendo que surjan inquietudes respecto a la duración del Itinerario, al modo personalizado, y a otras cuestiones que suscita un cambio no sólo de método sino de paradigma, pero pido, como ya lo hice en mi ya citada IV Carta Pastoral, que enfrentemos el desafío del autoreferencialismo que provoca resistencias a los cambios, que se anticipa a juzgar sin probar, y asumamos la mirada contemplativa que nos abre a la experiencia, a la realidad, a las necesidades y anhelos de los otros, a la acción del Espíritu. Por lo que este Itinerario tendrá que irse implementando, así como está propuesto y diseñado, de forma gradual en cada Decanato. Y después de dos años de implementado, haremos una evaluación de la experiencia, y en su caso, los ajustes necesarios. Solicito, pues, a los Vicarios Episcopales y Decanos, que en coordinación con el Departamento de Pastoral Familiar, faciliten el proceso.

d) Presentación

Tercer paso del Itinerario, que como verán, se verá favorecido por los pasos anteriores a la hora de la entrevista con los novios por dos razones: porque han estado dialogando sobre todos y cada uno de los temas respecto a su futuro matrimonio, especialmente sobre aquellos en conflicto; y porque, en el caso de que en alguno de los dos pasos previos los padrinos hayan detectado algo de especial atención, lo informarán al párroco que realiza la Presentación, para poder dar un acompañamiento adecuado.


e) Celebración del matrimonio

En el sistema queda registrada la fecha de la boda y el domicilio nuevo de los esposos, de modo que el acompañamiento postmatrimonial pueda darse en varios sentidos: el párroco nuevo puede ser informado que tiene unos nuevos feligreses recién casados. Cada año les llegará a los esposos un mensaje de felicitación por su aniversario, e información de los servicios pastorales a su disposición, como el acompañamiento que a continuación menciono. 

f) Primero años de casados

Sabemos que los primeros años son cruciales para la consolidación del nuevo matrimonio, como nos lo recuerda el Papa Francisco: “Tenemos que reconocer como un gran valor que se comprenda que el matrimonio es una cuestión de amor, que sólo pueden casarse los que se eligen libremente y se aman. No obstante, cuando el amor se convierte en una mera atracción o en una afectividad difusa, esto hace que los cónyuges sufran una extraordinaria fragilidad cuando la afectividad entra en crisis o cuando la atracción física decae. Dado que estas confusiones son frecuentes, se vuelve imprescindible acompañar en los primeros años de la vida matrimonial para enriquecer y profundizar la decisión consciente y libre de pertenecerse y de amarse hasta el fin. Muchas veces, el tiempo de noviazgo no es suficiente, la decisión de casarse se precipita por diversas razones y, como si no bastara, la maduración de los jóvenes se ha retrasado. Entonces, los recién casados tienen que completar ese proceso que debería haberse realizado durante el noviazgo. Los Padres sinodales han indicado que «los primeros años de matrimonio son un período vital y delicado durante el cual los cónyuges crecen en la conciencia de los desafíos y del significado del matrimonio. De aquí la exigencia de un acompañamiento pastoral que continúe después de la celebración del sacramento» (cf. Familiaris consortio, 3ª parte). Resulta de gran importancia en esta pastoral la presencia de esposos con experiencia. La parroquia se considera el lugar donde los cónyuges expertos pueden ofrecer su disponibilidad a ayudar a los más jóvenes, con el eventual apoyo de asociaciones, movimientos eclesiales y nuevas comunidades. Hay que alentar a los esposos a una actitud fundamental de acogida del gran don de los hijos. Es preciso resaltar la importancia de la espiritualidad familiar, de la oración y de la participación en la Eucaristía dominical, y alentar a los cónyuges a reunirse regularmente para que crezca la vida espiritual y la solidaridad en las exigencias concretas de la vida. Liturgias, prácticas de devoción y Eucaristías celebradas para las familias, sobre todo en el aniversario del matrimonio, se citaron como ocasiones vitales para favorecer la evangelización mediante la familia” (Amoris Laetitia 217 y 223).

Existe un programa diocesano de acompañamiento a matrimonios de 0 a 5 años de casados, llamado “Casados y Felices”, el cual puede implementarse como una propuesta que se haga a los novios durante su Itinerario Prematrimonial. 


2. Consejo Diocesano de Pastoral Familiar

Este tema lo abordaré en documento aparte. Por lo pronto adelanto que la creación de este Consejo, responde al segundo desafío que escribí en mi IV Carta: Caminar comunitario vs. Individualismo. Quiero que, con una mirada contemplativa, y en un espíritu de sinodalidad, hagamos un discernimiento permanente de los retos pastorales que, en los temas de persona y familia, la realidad nos plantea. 

Por eso, dicho Consejo, que será presidido por un servidor, estará integrado por sacerdotes y laicos de cada Zona Pastoral, así como por los presidentes diocesanos y los asesores de los movimientos laicales de Familia, a quienes de antemano les agradezco su generosidad y disposición para esta noble e importante tarea.

3. Fiesta Diocesana de la Familia

Hemos sido invitados por la Dimensión Familia de la Conferencia del Episcopado Mexicano, a ser sede del Encuentro Nacional de Agentes de Pastoral Familiar y Vida que cada año se celebra el primer fin de semana del mes de octubre en una Iglesia particular. Con gusto he aceptado, porque creo que puede ser una buena ocasión de encuentro, de celebración y de anuncio gozoso del Evangelio de la familia y de la vida. 

En breve daré un comunicado al respecto. Animo desde ahora a los sacerdotes y a todos los fieles a unirse a esta fiesta (vayan separando la fecha), especialmente a los movimientos laicales y grupos parroquiales de familia y vida, quienes tendrán una participación importante.

Termino con una expresión que plasmé en mi IV Carta: “Dios nos invita hoy a salir en éxodo, pero con una meta clara sabiendo a dónde queremos llegar para poder ser bendición y liberación para tantos hermanos y hermanas nuestras que se encuentran errantes sin la fe que dé un sentido a sus vidas o esclavizados por tantas ataduras propias de la cultura y el mundo moderno que está olvidando a Dios refugiándose en falsas seguridades. Nuestra planeación pastoral asume una historia de Salvación a la que nos sumamos y de la que aprendemos. Somos llamados a caminar confiando en que el Padre creador de todo, en su providencia nos dará lo necesario y nos liberará de aquello que nos impida caminar en libertad. Como Israel, no temamos a caminar y a pasar entre las aguas. Con Pedro y los apóstoles «llevemos nuestras naves mar adentro, con el soplo potente del Espíritu Santo, sin miedo a las tormentas, seguros de que la Providencia de Dios nos deparará grandes sorpresas» (DA 551)”.

Que la Sagrada Familia de Nazaret nos acompañe en este propósito de acompañar a los esposos cristianos.

Dado en Monterrey, N.L. a los 31 días del mes de diciembre, fiesta de la Sagrada Familia, del año 2017.