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PATRONA
DE MONTERREY
VIRGEN DEL ROBLE
FIESTA:
18 de diciembre.
HISTORIA:
En el año de 1592,
Fray Andrés de León,
benemérito misionero
franciscano, colocó
una imagen de la Virgen
Santísima en el hueco
de un roble, para protegerla
de las incursiones de los
indígenas nómadas
y salvajes. Efectivamente,
el mencionado religioso,
en compañía
de los RR. PP. Fray Diego
de Arcaya y Fray Antonio
de Salduendo, salió
el año citado de
Saltillo, recién
fundado, para evangelizar
una numerosa e importante
tribu, que habitaba en las
faldas del Cerro de la Silla.
Se sabe que todos los miembros
de la tribu, capitaneados
por su cacique y jefes subalternos,
recibieron con benevolencia
y respeto a los venerables
misioneros, al grado de
que, a propuestas de Fray
Andrés de León,
consintieron en cambiar
su morada hacia la llanura
que se extiende al norte
de la ciudad de Monterrey.
Consta en un importante
manuscrito perteneciente
al Archivo Histórico
del Convento de Guadalupe,
Zacatecas –año
de 1788, legajo número
86- que en ese lugar se
erigió un rústico
altar, bajo la enramada
de un frondoso roble, en
cuyo tronco había
un hueco a modo de hornacina.
Precisamente en este lugar
fue donde colocó
Fr. Andrés la pequeña
imagen de Nuestra Señora
a la que nos referimos.
Este lugar, conocido con
el nombre de “Piedra
Blanca”, fue el asiento
de la primera misión
y, cuatro años después,
es decir, en 1596, incluyendo
34 familias de labradores
españoles que allí
acudieron, constituyó
el núcleo de la ciudad
de Monterrey.
No pudo ser ni más
sugerente, ni más
bello, ni más consolador
el origen de la que hoy
es soberbio emporio de la
Industria en nuestra Patria.
El amor inflamado a María
y el apego entrañable
a la tierra fueron los cimientos
de la espectacular Ciudad
Metropolitana que, con el
título de Nuestra
Señora de Monterrey,
y bajo la advocación
de la Pura y Limpia Concepción
y Anunciación de
Nuestra Señora, fue
fundada el día 20
de septiembre de 1596, por
el Gobernador y Capitán
General Don Diego de Montemayor,
siendo Virrey de la Nueva
España Don Gaspar
de Zúñiga
y Acevedo, Conde de Monterrey,
en cuyo honor recibió
este nombre la Ciudad de
referencia.
Comprendiendo indudablemente
la trascendencia de esas
providenciales circunstancias,
bajo las cuales nacía
a la vida la ilustre ciudad,
el Señor Virrey,
después de ordenar
expresamente que todo lo
descubierto hasta entonces
y lo que en el futuro se
descubriese, fuera llamado
“Nuevo Reino de León”,
dispuso que la mencionada
ciudad llevará el
título de Nuestra
Señora de Monterrey.
En cierta ocasión,
no mucho tiempo después
de la fundación de
la ciudad, una sencilla
y humildísima pastorcita
que cuidaba las cabras del
pequeño ganado familiar,
mientras pacían en
los campos cercanos a su
hogar, oyó que desde
un roble la llamaban con
toda claridad e insistentemente
por su propio nombre. Grandemente
admirada por aquel inesperado
llamamiento, ya que en esos
lugares y a esas horas no
había allí
persona alguna, se acercó
llena de curiosidad al lugar
de donde tan misteriosas
voces procedían.
¡Cuál no sería
su sorpresa, al encontrar
en la oquedad de un roble
silvestre una pequeñita
imagen de la Virgen Santísima,
que despedía de si
sobrenatural fulgor y olor
suavísimo, como si
se tratara de una inesperada
luz celestial a la que formaran
cortejo decenas de flores
de regalado perfume! Cuando
se repuso de la primera
impresión, pudo darse
cuenta de que la bellísima
estatuita encontrábase
cuidadosamente colocada
en el interior del tronco
de un roble, que le servía
de nicho y que la defendía
de las inclemencias del
tiempo.
Conmovida hasta lo más
profundo de su espíritu
y no cabiendo en sí
de alegría y entusiasmo;
obedeciendo, por otra parte,
el natural e incoercible
impulso de toda criatura
racional para comunicar
a los demás sus impresiones
y para externar sus sentimientos
(el hombre es un ser racional
y sociable) corrió
a manifestar a sus padres
lo ocurrido: “¡Venid
conmigo y veréis
una cosa prodigiosa que
no sé explicar!”,
les dijo, de acuerdo con
la antigua narración
del prodigio. Los padres
de la dichosa niña
acudieron presurosos al
lugar de la singular aparición
y, al contemplar la belleza
de la Imagen, rodeada de
luz y expidiendo suaves
efluvios, le hicieron la
inocente ofrenda de sus
plegarias y de sus lagrimas.
Avisado el Señor
Cura y convencido de la
veracidad de esta providencial
manifestación de
ola Virgen Santísima,
invitó a todos los
feligreses para que, en
respetuosa y amorosa procesión,
condujesen la Imagen mariana
al recinto parroquial. A
la mañana siguiente,
cuando todos los vecinos
se levantaron presurosos,
esperando saludar en tan
piadoso simulacro mariano
la grandeza incomparable
de María e invocar
su misericordia sobre sus
necesidades y pecados, se
encontraron con el inexplicable
hecho de que la Imagen no
se hallaba en su lugar.
Y al volver presurosos e
intrigados al lugar donde
había sido hallada
la Imagen, la encontraron
en el mismo hueco del roble
de donde había sido
transportada el día
anterior. Al amparo de la
noche, se había vuelto
a su lugar de origen; lo
cual podía fácilmente
probarse por tener su manto
lleno de zacate y cadillos
propios de aquella tierra
venturosa, que la Reina
del cielo quiso santificar
con sus plantas virginales.
Con esta actitud, la Señora
del cielo quiso dar a conocer
su voluntad expresa de que
precisamente en ese lugar
se edificase un templo.
Y dice la piadosa y verídica
historia, que el hecho se
repitió tres veces,
como para que no hubiera
lugar a duda. […]
A la tercer vez, y ante
la evidencia de la voluntad
de la Virgen María,
reuniéronse los vecinos
los vecinos y, con su Párroco
a la cabeza, entre gemidos
y plegarias, postrados de
hinojos, prometieron a la
Santísima Virgen
edificar su templo lo más
pronto posible y después
de haber emitido un juramento,
no contentándose
con una simple promesa,
le rogaron que, mientras
tanto, se dignará
permanecer en el templo
parroquial.
Esta imagen es la que actualmente
se venera en el majestuoso
Santuario de Nuestra Señora
del Roble […]
CONSTRUCCIÓN:
Habiéndose presentado
varios proyectos, resultó
aprobado el hermoso proyecto
del Señor Arquitecto
D. Lisandro peña
junior quien, inspirado
en las basílicas
Romanas de San Pablo Extramuros
y de Santa María
la Mayor, logro combinar
admirablemente la expresión
moderna con los moldes tradicionales
y concibió la nueva
y gloriosa edificación
en tres partes principales,
a saber: el grandioso pórtico
de entrada, las majestuosas
naves centrales y el soberbio
y esbelto campanil, que
es por cierto el más
alto de toda la República
y el que alberga la campana
más voluminosa de
nuestra Patria.
Se encomendó la ejecución
de la obra al Señor
Ingeniero D. Ignacio Guajardo.
CORONACIÓN:
31 de mayo, 1964.
Texto:
Monografía del Santuario
de Nuestra Señora
del Roble.
Pbro. Silvino Robles Gutiérrez
1a. Edición. Julio
1970.
Impresora NOVOA.
México. |
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