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DOMINGO 17 del Tiempo Ordinario - Ciclo C
25 de Julio de 2010
 
Muy queridos hermanos y hermanas, todos en Jesucristo nuestro Señor.

La respuesta a la Palabra de Dios que escuchamos en el Evangelio de este domingo, es la petición que le hacen los discípulos a Jesús cuando le dicen: "Señor enséñanos a orar"; ésta sería la respuesta más adecuada y más grata a Dios de parte nuestra.

Es importante tener presente que Jesús se ha dado a conocer como el hombre de oración.

Con mucha frecuencia Jesucristo se apartaba al desierto, a la montaña, de noche y de madrugada para orar, es decir, para entablar una relación, una comunicación de amor con su Padre.

Por eso es que los discípulos que lo han aceptado le piden esta gracia: ¡Enséñanos a orar como el Bautista le enseñó a sus discípulos!; y entonces, Jesús responde en la primera parte de la parábola, con el contenido que debe tener la oración de sus discípulos, y en la segunda parte con las características que debe de tener la oración del discípulo.

En cuanto al contenido dice Jesús: al orar digan sencillamente Padre, Abbá. Cristo quiere que nosotros, sus discípulos, nos dirijamos a Dios como a nuestro papá, con lo cual nos estamos reconociendo y nos sentimos como verdaderos hijos de Dios. Santificado sea tu nombre, es decir, que tú seas reconocido, que seas adorado como el verdadero y único Dios.

Venga tu reino, el reino no es otra cosa, de parte de Dios, que Él quiere ser nuestro Padre, y el reino de parte nuestra es que aceptemos ser hijos de Dios y que Dios sea nuestro Padre; y a partir de ese reconocimiento, espontáneamente aceptamos que su voluntad para nosotros es sagrada.

Hágase tu voluntad, si nos descubrimos verdaderos hijos vamos a saber entender la voluntad de Dios y a querer cumplirla porque somos sus hijos; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Si descubrimos que Dios es nuestro Padre, reconocemos que nos ama a todos como hijos y no quiere que le falte a nadie el pan de cada día; y que si le falta a alguien el pan de cada día, puesto que somos hijos del mismo Padre y nos reconocemos como una comunidad de hermanos, miembros de la misma familia, vamos a hacer que no le falte a nadie.

Debemos de alabar y de bendecir a Dios, quién se ha puesto de manifiesto con el fenómeno natural que hemos padecido y que ha afectado a nuestra ciudad y a toda nuestra región.

Nos preocupa y nos ocupa que a nadie le falte el pan de cada día; toda la comunidad se ha volcado en generosidad en esta emergencia; esto es digno, ya que nos sabemos hijos del mismo Padre y que nos reconocemos como verdaderos hermanos unos de otros. En eso consiste trabajar en la construcción del reino de Dios.

Si nos reconocemos hijos del mismo Padre asumimos la capacidad para pedir perdón y al mismo tiempo, la de saber perdonar las ofensas que se nos hacen: saber ofrecer perdón a quién nos ofende porque somos hijos de Dios, esto es lo que Jesús nos enseña a sus discípulos, y nos invita a que hagamos una vida en la constante comunicación, en confianza y afiliación con nuestro Padre.

La segunda parte, la de la parábola, nos enseña las características que debe tener la oración del discípulo. En primer lugar la insistencia, la perseverancia, la constancia.
La oración para el cristiano, para el discípulo de Jesús, no debe ser solamente en la emergencia cuando tenemos situaciones límite y que buscamos que Dios nos resuelva inmediatamente nuestras necesidades.

La oración de los cristianos tiene que ser insistente; vivir en esta comunicación con Dios nuestro Padre; pidan y se nos dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá. Si ya sabemos que Dios es nuestro Padre y nosotros nos reconocemos hijos de Él, debe prevalecer la confianza y cuando hay confianza, podemos insistir hasta que se nos conceda aquello que pedimos.

Dios le comunicó a Abraham que por no haber justos en Sodoma iba a castigar a esta ciudad; y según la Palabra, Abraham se quedó delante de Dios. Este permanecer delante de Dios es la característica del que ora: el que ora se queda frente a Dios y en esa actitud de estar en comunicación con Dios, es posible insistirle a Dios como lo hizo Abraham, quién sabía que Dios no puede pasar como el injusto, por lo que a partir de esa premisa le insiste para conseguir lo que quiere.

Hermanos, si nosotros nos decimos cristianos, si nos reconocemos discípulos de Dios, no puede faltar en nuestra vida la oración; la oración distingue a un verdadero cristiano del que no lo es a plenitud; la oración es una virtud propia del verdadero discípulo.

Así, nuestra mejor respuesta que escuchamos en el Evangelio, es hacer la petición: ¡Señor, enséñanos a orar!

La vida del que ora cambia completamente; la vida del que permanece en la presencia de Dios en oración tiene sentido, incluso en las adversidades y en las pruebas más difíciles. El que mantiene esa constante comunicación con Dios nada lo detiene, todo tiene solución.

La vida del que vive en oración incluso, en medio de la pena y el abatimiento, puede ser de alegría, de gozo y de auténtica paz porque Dios es nuestro papá.

Que a través del momento de nuestra Eucaristía sea la primera respuesta, manteniendo una actitud orante, suplicante a Dios nuestro Padre que nos ama, que nos manifiesta en Cristo presente en su palabra.

Que así sea.