!No tengan miedo a ser santos!, es la exhortación que nos hizo permanentemente el Beato Juan Pablo II, tanto en sus predicaciones como en su testimonio de vida.

Ser santo consiste, sencillamente, en encauzar -sin miedo, ciertamente- nuestras acciones hacia Dios, primer origen y última meta nuestros. Cada bautizado tiene su peculiar forma de realizar la santidad, según sus actitudes y deberes.

No se nace santo, pero todos estamos llamados a serlo: "Sed santos porque Yo, vuestro Dios, soy Santo". El santo por antonomasia es un hombre maduro en su vida teologal, moral y psicológica.

Sabemos que, para que la Iglesia reconozca oficialmente la santidad de alguien -el mérito, pues, para estar en cualquier altar del mundo-, se requiere de un proceso.

Se ha introducido cerca de un centenar de causas de mexicanos a los que, por su especial y ejemplar santidad, se quiere llevar a la canonización, el más alto nivel del reconocimiento oficial de la Iglesia.

Nuestra Arquidiócesis tiene a cinco hermanos nuestros en este proceso.

Pbro. Raymundo Jardón Herrera



Nació en un pequeño poblado escondido. Su vida no fue muy larga; apenas llegó a los cuarenta y seis años de edad. Tocó de paso unas cuantas ciudades y la mayor parte de su vida transcurrió en la ciudad de Monterrey, en donde ejerció su ministerio sacerdotal hasta su muerte.

A los tres días de nacido recibió el Santo Bautismo en la Parroquia de San Francisco de su pueblo natal, Tenancingo, Estado de México. Además de Raymundo se le puso el nombre de Fructuoso, como señalando ya su vida fecunda. 

Su padre, Jacinto Jardón, era jornalero y trabajaba arduamente para sostener a su familia de catorce hijos. Su madre, Paula Herrera, era una mujer sin estudios. La laboriosidad y religiosidad de sus padres contribuyeron a su formación. Siendo todavía un chiquillo, Raymundo trabajó en un taller de rebozos para ayudar a su familia. Con la ayuda del párroco de su pueblo ingresó al Colegio Pio Gregoriano de Tenancingo, destacándose por su aplicación y aprovechamiento.

El señor Obispo Don Francisco Plancarte y Navarrete, recién nombrado Obispo de Cuernavaca, llega a Tenancingo en busca de vocaciones y lo lleva a su Seminario. Poco después lo hace su familiar y cuando ese Prelado es trasladado a Monterrey lo trae consigo.

Es ordenado sacerdote en la Catedral de Saltillo. Canta su primera misa en Cuernavaca y regresa a Monterrey donde empieza a ejercer su ministerio en la Catedral. Su apostolado sacerdotal fue una bendición para esa comunidad. No hubo categorías sociales para su corazón. Para él todos eran iguales. 

Confiaba siempre en la Providencia; era el secreto de su audacia. Otro secreto de su vida incansable era su amor a Dios; un amor tierno, ardiente, apasionado. Los que lo conocieron recuerdan cómo su voz, sin necesidad de micrófono, sacudía las paredes de la Catedral. Vibraba su voz, su alma, su cuerpo; era el fuego, el volcán que ardía en su corazón. 

Como prolongación de ese amor a Dios había en su fisonomía espiritual ese otro amor esencial: su amor a las almas, a los niños, a sus papeleritos y boleritos, a sus muchachos Congregantes; en fin, a todas aquellas personas necesitadas, especialmente a las viudas pobres. 

El padre Jardón era sacerdote hasta la médula de los huesos. Fué un hombre de intensa oración, de recia fe; un hombre en constante lucha contra el pecado; hombre pastoral apasionado por la predicación, el confesionario, la catequesis y la visita a los enfermos. Un hombre sin ambiciones que quiso ser sacerdote para salvar almas, hombre evangélico que se inclinó por los pobres. Todos los días practicó la caridad derramando bienes sobre todos los necesitados. Ejemplo de su generosidad y amor al prójimo son todos y cada uno de los actos de su vida. Para él, lo más natural era desprenderse de lo que tenía para aliviar necesidades ajenas. Cuanto caía en sus manos lo daba más adelante.

Durante la persecución religiosa en nuestro País fue desterrado en dos ocasiones.  Cordial guadalupano avivó el amor de sus feligreses hacia la Patrona de México. La llamaba "mi morenita" y muchas veces en sus sermones, al referirse a Ella, la emoción le entrecortaba la voz.   Iniciador de las peregrinaciones al Santuario de Guadalupe llevó solemnemente en el año 1922, la imagen que se venera todavía en el altar mayor de la nueva Basílica.

El día en que Dios lo recogió fue muy significativo: el 6 de enero, fiesta de la Epifanía, cuando el pueblo cristiano celebra a los Santos Reyes. La noticia se propagó con inusitada rapidez por todo Monterrey, no únicamente entre los feligreses y entre los católicos, sino en toda la ciudad, provocando lágrimas y lamentos. Creyentes e incrédulos se hicieron presentes en las honras fúnebres y en el entierro, cuyo cortejo cubría más de veinte cuadras.